Llorar sin tener que rendirle cuentas a nadie de los motivos...
Está claro que todo esto es culpa de esa dichosa lluvia. Si estaba deseando todo esto. Y no es un capricho histérico, nada de eso.
Yo misma me he recluido entre estas cuatro paredes (...)
El ser humano se encuentra solo, el ser humano se encuentra solo. Cada mujer habita su propio planeta, hecho de fuego con apenas una costra de tierra endurecida alrededor. Y del mismo modo que las estrellas transitan sus eternos caminos por el espacio, así recorren las mujeres sus sendas solitarias en la vida.
Mejor les iría caminando descalzas sobre cristales, pues ese dolor nada sería comparado con el que siente cuando, con una sonrisa, abandonan la propia juventud para adentrarse en esa desesperación que llaman vejez y senectud.
Karin Michaëlis, La edad peligrosa (Den farlige alder, 1910)
"Al principio, fue una nubecita de nada, como una forma de nostalgia. Pero no, mirándola de cerca, se podía discernir el aspecto malva de la melancolía. Y mirándola desde más cerca todavía, se podía ver la verdadera naturaleza de una verdadera tristeza. De buenas a primeras, como una pulsión morbosa y patética, se hizo consciente de la vacuidad de esa velada. Se preguntó: pero ¿por qué estoy aquí tratando de parecer interesante? ¿Por qué estoy haciendo reír a esta mujer, por qué me empeño en intentar conquistarla, cuando me es tan radicalmente inaccesible? Su pasado de hombre inseguro lo alcanzó brutalmente. Pero no quedó ahí la cosa. Ese avance del repliegue se vio trágicamente reforzado por un segundo hecho determinante: se le cayó la copa de vino tinto sobre el mantel. Podría haberlo visto como una simple torpeza. Y hasta puede que como una torpeza encantadora: Nathalie siempre había sido sensible a la torpeza. Pero, en ese momento, Markus ya no pensaba en ella."
David Foenkinos, La delicadeza (2009)
Película de David y Stéphane Foenkinos (La délicatesse, 2011)
"Venecia, donde nunca había estado y que tanto había deseado ver, me hablaba más a los sentidos que al alma: sus monumentos, cuya historia no conocía y cuya belleza no entendía, me importaban menos que el agua verde, que el cielo estrellado, que la luna plateada, que los atardeceres dorados y sobre todo menos que la góndola negra en la que, tendida, me abandonaba a los más voluptuosos caprichos de la imaginación. En los arduos calores de julio, al final de un día de fuego, una brisa fresca me acariciaba la frente mientras iba en barca entre la Piazzetta y la isla de Santa Elena, o más lejos, hacia Santa Isabel y San Nicolò del Lido; aquel céfiro impregnado del acre aroma salobre que me reanimaba los miembros y el espíritu, parecía susurrar a mis oídos los férvidos misterios del verdadero amor. Metía el brazo desnudo en el agua hasta el codo, mojando la puntilla que adornaba la manga corta; luego miraba cómo me caían una a una las gotas de las uñas y parecían brillantes purísimos. Una tarde me quité el anillo, regalo de mi marido, en el que brillaba un gran diamante y lo tiré a la laguna, lejos de la barca: era como si me hubiera casado con el mar."
Senso (Camillo Boito, 1882)
Senso de Luchino Visconti (1954), trailler original en italiano. Las escenas venecianas aquí.
"The winds were cruel to women that came under their tyranny. They were at them ceaselessly, buffeting them with icy blasts in winter, burning them with hot breath in summer, parching their skins and roughening their hair, and trying to wear down their nerves by attrition, and drive them away. (...) How could a frail, sensitive woman fight the wind? How oppose a wild, shouting voice that never let her know the peace of silence?- a resitless force that was at her all the day, a naked, umbodied wind- like a ghost more terrible because invisible--that wailed to her across waste places in the night, calling to her like a demon lover? "
The wind (Victor Sjöström, 1928). Protagonizada por Lillian Gish. Adaptación de una novela de Dorothy Scarborough de 1925. Uno de sus directores artísticos fue el gran Cedric Gibbons.
- Cada vez más -reconocí-. Para mí, es como irse a la legión francesa: lo hago para olvidar. Para olvidarme de mí mismo, me parece." (...)
"[B. Gunther]: Hablas de la verdad como si tuviese algún sentido, pero cuando me la tiras a la cara no es más que un puñado de arena. No es la verdad en absoluto. Al menos, no la que yo quisiera oír. No la tuya. No nos engañemos, ¿de acuerdo?" (...)
Si los muertos no resucitan, ¿qué pasa con el espíritu del hombre? Y si resucitan, ¿con qué cuerpo volvemos a la vida? No tenía respuestas para eso. Nadie las tenía. Si los muertos resucitasen y fueran incorruptibles y yo pudiese cambiarme por otro en una abrir y cerrar de ojos, puede que, sólo por morir, valiera la pena dejarme matar o quitarme la vida.
Detective Bernie Gunther. En Si los muertos resucitan de Philip Kerr (2009).
Se interrumpió, jadeante. Una mezcla inaudita de crueldad, rabia y dolor desfiguraba su rostro, que no parecía humano. ¡Quién podía imaginarse que una mujer tan serena, tranquila y refinada fuese capaz de una pasión así! Mr. Joyce retrocedió un paso. Atónito, se la quedó mirando. Aquello no era un semblante, sino una máscara odiosa. Oyeron una voz que llamaba desde otra habitación, una voz fuerte, alegre y amiga. Era Mrs. Joyce.
- Ven Leslie... Ya está preparada tu habitación. Debes de estar muriéndote de sueño.
Las facciones de Mrs. Crosbie fueron serenándose poco a poco. Las pasiones que se retrataban tan claramente en su rostro se desvanecieron como se estira un papel arrugado, y al cabo de unos instantes su rostro ofrecía la franca y serena expresión de siempre. Estaba un poco pálida, pero sus labios se curvaban con una afable y atrayente sonrisa. Era una vez más la mujer distinguida y bien educada de siempre.
- Ya voy, Dorothy querida. No sabes cuánto siento molestarte de esta manera.
Fin
La carta (William Somerset Maugham, 1929)
Aquí abajo dos interpretaciones. Fantástica la de Jeanne Eagels, nominada al Oscar aquel año con carácter póstumo. Murió a los treinta y nueve años por una sobredosis de heroína. Su foto, que da inicio a la entrada, fue tomada en 1921. En 1957 Georges Sidney dirigió una película basada en su vida protagonizada por Kim Novak.
La mano ya casi ni duele y va costando menos escribir pero aún así me gustaría hacer como Athena, una pequeña recopilación de las lecturas de los últimos tiempos, a guisa de inventario, para no olvidar esas entradas pendientes de incluir en Lecturas Reunidas.
El verano es muy dado a combinar diferentes géneros y a la reincidencia en aquellos particularmente "buenos" para pasar el tiempo, aunque la responsabilidad te llame a leer cosas "más serias". Así que desde la pura bazofia (novelas románticas y escandalosamente infra-históricas), pasando por la novela negra (que siempre me niego a considerarla bazofia) a la más consagrada, he tratado que el común denominador sea un escenario que hasta ahora no había podido transitar pero que siempre fue un anhelo para mí: Berlín. Berlín, con sus contrastes, su dinamismo, su fascinación. Su pasado pero sobre todo su presente y futuro.
Aunque no se vayan a pensar que he podido leer tanto como hubiera querido: que hubo momentos en que sostener el libro con la mano izquierda resultaba bastante doloroso (ay, quién lo pudiera hacer con tanto garbo como Ava Gardner en la fotografía que ilustra la entrada, aunque una sea ya un poco reiterativa en estas cuestiones).
Mi imaginación no solamente ha transitado por los escenarios de Berlín: también ha estado por el recurrente Cornualles, por Sicilia, por Australia y Nueva Zelanda, por California y hasta por Hong-Kong. He aquí el inventario de lecturas:
Berlín: la trilogía de Berlín Noir de Philip Kerr (Violetas de marzo, Pálido criminal y Réquiem alemán) + Una llama misteriosa (la acabé anoche mismo, con Buenos Aires como escenario, además) del mismo autor. Voy por la mitad de Solo en Berlín de Hans Fallada.
Hong Kong: La maestra de piano de Janice Y.K. Lee.
Inglaterra: Para siempre jamás de Lucy Dawson (pensando que era juvenil y de amor y terminando por ser un thriller un tanto sorprendente).
Sicilia: La muerte de Amalia Sacerdote de Andrea Camilleri.
La France: Por el camino de Swann de Proust.
California: El invierno de Frankie Machine de Don Winslow.
Nueva Zelanda: En el país de la nube blanca de Sarah Lark.
Cornualles/Australia: El Jardín olvidado y La Casa de Riverton de Kate Morton (por ese orden y gustándome más la segunda que la primera).
Lo único bueno de ser muy desordenado es que a veces encuentras tesoros que ni recordabas que tenías. Es lo que me ocurrió el otro día con el libro de la Taschen sobre la publicidad de los años sesenta, que nos ha tenido varios días mirando y remirando sus curiosas láminas. Una de las que más me ha gustado es la que encabeza la entrada de esta Wunderkammer, propaganda de la época del perfume Mitsouko de Guerlain. Es lo que tiene el ver imágenes que te capturan y te hacen querer saber más de ellas e indagar sobre el misterio que en ellas anida. Tal es así que este famoso perfume de la mítica marca francesa Guerlain, cuyos orígenes se remontan a comienzos del siglo XIX, se llama precisamente así, misterio en japonés.
El perfume fue creado en 1919 y parece ser que debe su nombre a la protagonista de la novela de Claude Farrère, La Batalla, publicada aquel mismo año. Ambientada en la guerra ruso-japonesa de 1905, cuenta la historia de un amor imposible entre la esposa de un almirante japonés y un oficial británico. Puede que el perfume también estuviera inspirado en la historia de Mitsuko Coudehove-Kalergi, Aoyama de soltera, una japonesa nacida en el seno de una familia de comerciantes que se enamoró de un conde austriaco, con el que se casó y tuvo muchos hijos. El que el conde se casara con una asiática fue un escándalo en aquella época y parece ser que por ello la mujer sufrió muchos prejuicios.
Fue la colonia favorita de la famosa actriz de la década de los años treinta, Jean Harlow, aquella rubia platino cuyo marido se suicidó a los pocos días de la boda empapado en la misteriosa fragancia. También es el que utilizaba Anaïs Nin. Y he leído que un frasco de aquel perfume es el que la actriz Catherine Deneuve tira en la película Belle de Jour de Buñuel, aunque yo diría que es otro que está justo al lado del de Mitsouko en su tocador (minuto 4:50 del enlace). Curiosidades que he podido leer en una interesante bitácora sobre perfumes. Una fragancia de otra época con miles de historias asociadas a ella. "Anoche me dejó en la Gare Saint Lazare. Empecé a escribir en el tren a fin de estabilizar los saltos de la bota de siete leguas de mi vida con la actividad de hormiga de la pluma. Las palabras hormiga iban y venían transportando migas, unas migas muy pesadas, más grandes que las propias hormigas. «¿Tienes suficiente tinta?», me ha preguntado Henry. No debería usar tinta sino perfume, debería escribir con «Narcise Noir», con «Mitsouko», con jazmín, con madreselva. Podría escribir palabras hermosas que exhalarían el potente olor de la miel de mujer y de la sangre blanca del hombre."
Anaïs Nin, Henry y June (1931-1932)
"Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme".
Stendhal, Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio (1817)
Agradezco a un estupendo alumno de Museología, gran cinéfilo, el que me haya proporcionado este fragmento de la película El síndrome de Stendhal de Dario Argento (1996).
Pedro Amorós es una de las personas más sabias que conozco. Lo recuerdo en la biblioteca del departamento de Historia Antigua de la Universidad de Murcia, cuando yo empezaba a estudiar. Tenía que realizar un trabajo sobre la vida cultural en la Atenas de Pericles y allí que me plantaba yo cuando le podía robar alguna hora al día en aquellos locos años en que me dio por simultanear estudios. Pero fue al cabo del tiempo y gracias a un amigo común, cuando me lo volví a encontrar y pude disfrutar de sus conversaciones sobre la antigüedad, el cine, la historia y la literatura. Y es que su cultura es inmensa, como bien prueba su magnífica bitácora. Es uno de los mayores cinéfilos con los que he tenido la suerte de toparme en la vida y además de compartir buen amigo también coincidimos en película clásica favorita, Notorius.
Ha escrito guiones para cine y libros altamente recomendables. El último, Jano ante el espejo, acaba de recibir el Premio Internacional Rara Avis de Ensayo y Memorabilia. Cuando supe de la noticia, allá que me planté yo en la librería pidiendo su último libro, aunque en realidad todavía no se había publicado por lo que me llevé El recodo del río. Lo comento en Lecturas Reunidas.
"Barbara tomó un sorbo de su martini. El vidrio de la copa estaba helado, y la bebida muy fría y caliente al mismo tiempo. -Mira qué rápido se han terminado las bebidas -dijo-. Se han tomado dos mientras nosotros esperábamos la primera. Sé cómo se siente ella, he hecho eso yo misma en alguna que otra ocasión. -Bueno, ¿y por qué ha salido con él? -Seguro que comparte piso con otras dos chicas y quiere librarse de ella un rato. No lleva medias, probablemente sus compañeras se las han cogido todas prestadas. Sidney entrecerró los ojos. -Tiene unas piernas bonitas. Seguramente es una de las razones por las que él ha salido con ella. -¿Cuáles son las otras? -Dímelas tú. -No -repuso Barbara-. Tú hablas en nombre de los hombres. -Parece tan aburrido ahora mismo que yo diría que solo quiere llevársela al catre. -Pobrecilla. El año que viene ya estará casada; siempre es igual. -Pero no con él. -Ni hablar." Rona Jaffe, Lo mejor de la vida (1958)
El pasado fin de semana leía en el Magazine el artículo de Javier de Muelas sobre la aclamada obra de José Luis Garci, Beber en el cine. De inmediato recordé un libro que leí esta Navidad, Lo mejor de la vida de Rona Jaffe, escrito en 1958 y que ha servido de inspiración a series míticas de televisión como Sexo en Nueva York y Mad Men (sí, Athena, sé que debería haber escrito una reseña en Lecturas Reunidas). Me llamó la atención la de veces que aquellas mujeres de la década de los cincuenta que por fin comenzaban a independizarse gracias a trabajos como secretarias -por desgracia casi nunca bien remunerados y aún peor considerados- aparecían bebiendo copas y más copas a lo largo de todo el día. Mujeres que han de luchar por demostrar que son más que meras secretarias, madres y/o esposas y que tienen la misma capacidad, creatividad e inteligencia en el mundo de los negocios que los hombres. Y el mundo que aparece en el libro, muy bien pergeñado, es el de la industria editorial y el de la incipiente industria del diseño publicitario.
La novela de Jaffe fue todo un éxito en su momento y curiosamente el tiempo no la ha tratado mal, más bien al contrario: aquellas chicas que perseguían ambiciones en la ciudad que en aquel entonces era el centro comercial, financiero y artístico más importante del mundo, no se diferencian mucho de las que imaginara Candace Bushnell para su famosa columna de Sex and the City. Nueva York era la libertad soñada: "Las jóvenes ya no se quedaban en casa pudriéndose de aburrimiento, y menos aún si vivían en un lugar como Port Blair". Habitan un decorado con vida propia en el que la gente persigue altas metas, que para las protagonistas de Rona Jaffe llegan a ser muy inalcanzables, terminando casi todas por abandonar, en más de un sentido, aquel estruendoso y fascinante lugar y por ende, su sueño original.
"April vio las luces de la ciudad a lo lejos, y sin saber por qué eso le produjo una tristeza inmensa. Era la primera vez que al ver Nueva York, al saber que entraba una vez más en la ciudad de sus sueños, no le embargaba la emoción. Estaba demasiado nerviosa para tener sueño, pero se sentía muy cansada. ¡Qué complicada se había vuelto la vida! En aquella ciudad había tanta gente, haciendo cosas distintas, cada cual con su propia vida y sus anhelos, tan diferentes de los del vecino... eso te obligaba de vez en cuando a detenerte y mirar alrededor para encontrar tu propia identidad".
Pero a pesar de los anhelos y rutinas, las decepciones y amarguras, la esencia de Nueva York penetrará bien en las cicatrices del alma, tanto de las que no se conforman con los giros inesperados que da la vida como de las que conformándose ven cómo la vida les depara una salida sorprendente. Porque otra bandada de jóvenes volverá a habitar la ciudad, generación tras generación, persiguiendo una meta, "con una copa en la mano", con una maravillosa sensación de libertad e invulnerabilidad, de ser invencibles y poderosos, como bien expresa la famosa canción que tan bien cantara Frank Sinatra:
Start spreadin' the news,
I'm leavin' today I want to be a part of it, New York, New York... These vagabond shoes Are longing to stray Right through the very heart of it, New York, New York... I wanna wake up in a city That doesn't sleep And find I'm king of the hill, Top of the heap... These little town blues Are melting away I'll make a brand new start of it, In old New York... If I can make it there, I'll make it anywhere It's up to you, New York, New York... I want to wake up in a city That never sleeps And find I'm A-number-one, Top of the heap, King of the hill, A-number-one... A-a-a-nd if I can make it there, I'm gonna make it anywhere It's up to you, New York, New York... New York...
Les oiseaux vous poursuvirent,Subversion des images. Paul Nougé (1929-1930)
"Se concibe aquí la noción del objeto en sentido filosófico (...) Lo más banal y lo más simple, como lo más complejo, pueden afectar de un modo idéntico, como una cosa 'jamás vista' y del todo misteriosa, en una palabra, 'incomprensible': una cuerda, una mesa, un pan, una palabra, un dibujo, un cuadro, una acción observada o narrada, un recuerdo, una idea. El poder de la fascinación del objeto, su virtud de provocación, es imprevisible (...) Pero, ¿de dónde le vendrá al objeto esa virtud subversiva? Se sabe: de la capacidad de ocupar la conciencia humana al punto de romper su flujo monótono, al punto de forzar al espíritu a inventar cómo hacerse otro" (Paul Nougé).
"No basta con crear un objeto, no le basta ser para que se vea. Es necesario mostrarlo, es decir, excitar en el espectador, por algún artificio, el deseo, la necesidad de verlo" (Paul Nougé).
Y aquí ese gran "autor oculto" que fue el poeta y científico Paul Nougé (1895-1967) sin que el no podría entenderse la obra de René Magritte, que le pintó este retrato en 1927. De hecho, la mayor parte de los títulos de la interesante obra del artista belga fueron inventados por este genio que siempre quiso estar en el anonimato. Como ha señalado Luis Puelles: "Nougé, desinteresado de todo lucimiento por parecerle contrario a sus convicciones artísticas, persigue el anonimato, imprescindible para provocar el efecto de extrañamiento sin neutralizarlo bajo la evidencia de su autoría" (Colección Infraleves, 7, Cendeac, 2007).
Es sorprendente que un librito tan sencillo como 84, Charing Cross Road me haya llamado tanto la atención. Aunque si se tiene en cuenta lo que me gusta perderme en las librerías no es cosa tan sorprendente. He estado echándole un vistazo a la película basada en esta obra formada con la correspondencia real que mantuvo la escritora americana de guiones y obras de teatro Helene Hanff con el personal de la librería londinense Mark & Co. y la verdad es que tiene muy buena pinta. Aunque si es como el libro, supongo que no sucederán grandes cosas y en su sencillez radicará la clave de su belleza.
¿Pueden llegar a conectar tanto personas que solamente se conocen por correspondencia? Sí, si les une una pasión común. Sí, si esa pasión es la de la literatura y la de los libros.
Andaban, y al andar cantaban Eterna memoria. Los pies, los caballos y el soplo del viento parecían continuar el cántico cuando se detenían. Los transeúntes abrían paso al cortejo, contaban las coronas y se santiguaban. Los curiosos, metiéndose entre las filas, preguntaban:
—¿Quién es el muerto?
Y les respondían:
—Zhivago.
–¡Ah! Entonces se comprende.
—Pero no él. Ella.
—Lo mismo da. ¡Dios la haya perdonado! Lujoso entierro.
Transcurrieron los últimos minutos, contados e irreversibles.
El sacerdote, con el ademán de la bendición, arrojó un puñado de tierra sobre María Nikoláievna. Se entonó Por el alma de los justos. Después comenzó una terrible carrera. Cerraron el ataúd, lo clavaron y lo bajaron a la fosa. Tamborileó sobre la caja la lluvia de las paletadas de tierra arrojada apresuradamente con cuatro palas, hasta que se formó un pequeño túmulo. Sobre él se encaramó un niño de diez años.
Sólo en ese estado de necia insensibilidad que suele producirse en los entierros solemnes puede parecer plausible que un chiquillo quiera pronunciar unas palabras sobre la tumba de su propia madre.
Levantó la cabeza y desde el túmulo abarcó con mirada ausente los desiertos campos otoñales y las cúpulas del monasterio. Contrajo levemente el achatado rostro y alargó el cuello. Si hubiese sido un lobezno el que levantara la cabeza con aquel ceño, hubiérase dicho que estaba a punto de aullar. El chiquillo se tapó la cara con las manos y prorrumpió en sollozos. Una nube que acudía hacia él comenzó a golpearlo sobre las manos y la cara con los líquidos azotes de un helado chubasco. Un hombre se acercó a la tumba; vestía de negro, y las mangas estrechas y ceñidas formaban pliegues en sus brazos. Era el hermano de la difunta y tío del chiquillo que lloraba, el sacerdote Nikolái Nikoláevich Vedeniapin, fuera de su ministerio a petición propia. Se acercó al chiquillo y se lo llevó.
Borís Pasternak, El doctor Zhivago (1956)
Y aquí un fragmento de la película de David Lean (1965), uno de los pasajes más impresionantes y líricos de la historia del cine... tan apropiado para un día como el de mañana.
Jean Ingelow (1820-1897) fue una escritora inglesa nacida en Boston, Lincolnshire, que se hizo famosa por sus poemas y por sus cuentos para niños.
Me han resultado curiosas sus fotografías de época, muy victorianas, que traducen una belleza tranquila y un tanto soñadora. Es curioso ver cómo esa ensoñación se hace más palpable en la mirada conforme la escritora se iba acercando a su madurez. Su obra, aunque a veces afectada, no estuvo exenta de imaginación e intensidad, y llegó a ser muy popular en su día.
Miss Ingelow conoció a los grandes literatos del momento, fue amiga del poeta Tennyson y del gran John Ruskin. Millais ilustró alguno de sus libros, como es el caso de Studies for Stories.
Uno de sus títulos más reconocidos fue Wonder-Box Tales. En uno de esos cuentos que forman parte de su caja maravillosa, un príncipe que ha vivido siempre encerrado en una torre en medio del desierto, quiere saber lo que significan tres palabras: "Labor, Liberty and Gold". Gracias a un sabio que lo hace entrar en una especie de sueño, descubrirá el mundo y lo que estas tres palabras significan:
"O man of much learning!" answered the prince, "I have seen that this is a wonderful world; I have seen the value of labor, and I know the uses of it; I have tasted the sweetness of liberty, and am grateful, though it was but in a dream; but as for that other word that was so great a mystery to me, I only know this, that it must remain a mystery forever, since I am fain to believe that all men are bent on getting it; though, once gotten, it causeth them endless disquietude, only second to their discomfort that are without it. I am fain to believe that they can procure with it whatever they most desire, and yet that it cankers their hearts and dazzles their eyes; that it is their nature and their duty to gather it; and yet that, when once gathered, the best thing they can do is to scatter it!"
Acaso ella misma, como este príncipe del desierto, vivió siempre en una torre de marfil, rodeada de las pequeñas hadas que poblaron su peculiar universo infantil.
En un quiosco cercano a mi casa venden libros de segunda mano por un euro. En la antigua casa de mis padres era aún mejor porque vivíamos muy cerca del gran Bazar del Tebeo donde vendían libros usados. Ni que decir tiene que me encantaba visitar aquel interesante y desordenadísimo lugar, donde compré muchos ejemplares que incluso hasta me vinieron muy bien en mi etapa universitaria.
El caso es que últimamente he ido comprando algunos de los que formaron la serie de Angélica de Anne Golon que editara el Círculo de Lectores en los años sesenta. En mi casa había dos, si no recuerdo mal, de los doce o más que componen este auténtico folletín ambientado a mediados del siglo XVII, la época de Luis XIV, el Rey Sol. El verdadero nombre de su autora es Simone Changeaux (1921), que escribió su obra en colaboración con su marido, Serge, en realidad el aristócrata ruso Vsevolod Sergeïvich Goloubinoff, que se encargaba de la parte de documentación e investigación histórica. En España los ha reeditado hace poco la editorial Pamiés y pueden conseguirse de forma digital.
Ahora que les echo un rápido vistazo no sé yo si sería capaz de volver a leerme las historias de la bella e intrépida Angélica y sus amoríos en la corte de Versalles, en el Norte de África e incluso en el Nuevo Mundo. Por no hablar de su intrigante primer marido, Jeoffrey de Peyrac, que aparece y desaparece todo el tiempo a lo largo de las novelas. Yo creo que las que leí en su momento fueron Angélica y el Rey y segurísimo la de Indomable Angélica y lo que sí recuerdo que me gustó y que me encantaría volver a leer, es todo lo relativo a las actividades de alquimista del conde de Peyrac y curiosear ahora sobre cómo era su Wunderkammer.
Cuando mi padre vio cómo leía los libros hace millones de años me dijo: "Uy, esos libros no sé yo si son para tu edad". Pero no puso más reparos, pues sabía bien que también me leía todos los clásicos que había por mi casa y lo cierto y verdad es que eran mucho más "rosa fucsia" otra serie de novelas que me prestaban en los veranos, peor documentadas y ambientadas, como las de la Lindsey, Busbee y demás, que aquel folletín de los Golon.
En su momento pasaron en la televisión una de las cinco películas rodadas por Bernard Borderie entre 1964 y 1968, o al menos yo vi una de ellas, cosa que me hizo mucha ilusión. La interpretaba la bellísima Michèle Mercier (1939), con su look tan sesentero, así como el apuesto Robert Hossein (1927). Lo más curioso de todo, por lo que he visto en la Imdb, es que también entonces se rodaron dos películas basadas en las historias de Angélica pero de producción turca.
No sé yo si sería capaz ahora de leer y releer toda la serie, con todo lo que tengo pendiente... no sé, no sé.
Era perfecta la casita. ¿Y a quién le importaba el olor a pintura? ¡Si formaba parte de aquel encanto, de aquella novedad!
-¡Pronto, pronto! ¡Que alguien la abra!
El gancho que la cerraba estaba muy hundido. Pat lo soltó con su cortaplumas y la casa entera quedó abierta. Así podía uno ver al mismo tiempo el salón y el comedor, la cocina y los dormitorios. Así se abre una casa. ¿Por qué no se abrirían así todas las casas? Resulta más divertido que atisbar por el resquicio de una puerta en un recibidor mezquino, en el que sólo hay un perchero y dos paraguas. Eso es lo que se desea ver en una casa cuando se echa mano al llamador. Quizá de esta forma Dios abre las casas en la noche oscura cuando se pasea tranquilamente en compañía de un ángel...
Katherine Mansfield, "La casa de muñecas, El nido de la paloma y otros cuentos (1923)
Imagen: Casa de muñecas de Petronella Oortman (1686-1705). Rijksmuseum, Amsterdam.
Estos días he terminado de leer la novela Arráncame la vida (1986) de Ángeles Mastretta. Me ha costado un poco seguirla, por las peculiaridades del habla, pero al final lo he conseguido. A través de la voz de una mujer asistimos a su proceso de madurez desde que es prácticamente una niña y se enamora de un general revolucionario, futuro gobernador de Puebla, hasta que llega al estado "ideal" que, según ella, es el de la viudez. Es una visión intimista y periférica de los grandes hechos, pues en el trasfondo y como gran decorado transcurre la historia del México de los años treinta y cuarenta.
El protagonismo lo adquiere la mujer, historias y dramas domésticos como el de Catalina Guzmán y otras muchas cuyas vidas se entrecruzan en el camino. La película, rodada en 2008, está muy bien ambientada, con una magnífica dirección artística y un guión que traduce de forma correcta el espíritu de la novela. Ha sido hasta el momento la más cara de la historia del cine mexicano.
Como siempre Daniel Giménez Cacho está soberbio y su interpretación de cacique corrupto, mafioso y machista, basado además en un personaje real, Maximiliano Ávila Camacho, es de matrícula de honor.