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sábado, 22 de noviembre de 2014

La edad peligrosa


Interior, Hammershoi (1906)

¿Qué voy a hacer aqui? ¿Qué quiero hacer aquí?
Llorar sin tener que rendirle cuentas a nadie de los motivos...
Está claro que todo esto es culpa de esa dichosa lluvia. Si estaba deseando todo esto. Y no es un capricho histérico, nada de eso.
Yo misma me he recluido entre estas cuatro paredes (...)

El ser humano se encuentra solo, el ser humano se encuentra solo. Cada mujer habita su propio planeta, hecho de fuego con apenas una costra de tierra endurecida alrededor. Y del mismo modo que las estrellas transitan sus eternos caminos por el espacio, así recorren las mujeres sus sendas solitarias en la vida.
Mejor les iría caminando descalzas sobre cristales, pues ese dolor nada sería comparado con el que siente cuando, con una sonrisa, abandonan la propia juventud para adentrarse en esa desesperación que llaman vejez y senectud.

Karin Michaëlis, La edad peligrosa (Den farlige alder, 1910)

domingo, 16 de septiembre de 2012

La vida en fila india

"Mientras hablaba, Mayor Tercero cogió su frasco de tinta y llenó la pluma. Antes de ponerse a escribir balanceó la pluma de un lado a otro, como si meditara acerca de un peliagudo problema. Después de llevar a cabo ese ritual, escribió rápidamente en el cuaderno de Jingquiu.
Por encima del hombro de Mayor Tercero, Jingquiu se dio cuenta de que había escrito un poema:

Si la vida se vive en fila india, por favor camina
delante de mí, para que pueda verte siempre;
si la vida es una carretera de dos carriles,
vayamos el uno junto al otro; 
deja que te coja de la mano,
para que cuando caminemos entre un mar de gente,
seas mía para siempre.

A Jingquiu le gustó mucho.
- ¿Quién lo ha escrito?
- He escrito lo primero que me ha pasado por la cabeza. La verdad es que no es un poema."
Ai Mi Zhu, Amor bajo el espino blanco (2007).


Amor bajo el espino blanco (Shan zha shu zhi lian, Zhang Yimou, 2011)

domingo, 15 de julio de 2012

La delicadeza

"Al principio, fue una nubecita de nada, como una forma de nostalgia. Pero no, mirándola de cerca, se podía discernir el aspecto malva de la melancolía. Y mirándola desde más cerca todavía, se podía ver la verdadera naturaleza de una verdadera tristeza. De buenas a primeras, como una pulsión morbosa y patética, se hizo consciente de la vacuidad de esa velada. Se preguntó: pero ¿por qué estoy aquí tratando de parecer interesante? ¿Por qué estoy haciendo reír a esta mujer, por qué me empeño en intentar conquistarla, cuando me es tan radicalmente inaccesible? Su pasado de hombre inseguro lo alcanzó brutalmente. Pero no quedó ahí la cosa. Ese avance del repliegue se vio trágicamente reforzado por un segundo hecho determinante: se le cayó la copa de vino tinto sobre el mantel. Podría haberlo visto como una simple torpeza. Y hasta puede que como una torpeza encantadora: Nathalie siempre había sido sensible a la torpeza. Pero, en ese momento, Markus ya no pensaba en ella."
David Foenkinos, La delicadeza (2009)
Película de David y Stéphane Foenkinos (La délicatesse, 2011)




domingo, 4 de marzo de 2012

Como quien oye llover

Óyeme como quien oye llover,
relumbra el asfalto húmedo,
el vaho se levanta y camina,
la noche se abre y me mira,
eres tú y tu talle de vaho,
tú y tu cara de noche,
tú y tu pelo, lento relámpago,
cruzas la calle y entras en mi frente,
pasos de agua sobre mis párpados...
Octavio Paz, Árbol adentro (1987)

domingo, 26 de febrero de 2012

Dominique


...he ahí, si no me engaño, lo que se podía leer en aquel registro mudo, más significativo en su confusa mnemotécnia que muchas memorias escritas. El alma de treinta años de existencia aún conmovida, palpitaba en aquel estrecho gabinete; y cuando Dominique estaba en él, delante de mí, asomado a la ventana, un poco distraído y tal vez perseguido aún por el eco de antiguos rumores, era cosa de saber si había venido para evocar lo que él llamaba la sombra de él mismo o para olvidarla.
Dominique, Eugène Fromentin (1863)

Imagen 1
Imagen 2

miércoles, 8 de febrero de 2012

Sin mañana

"La señora de T... me propuso dar un paseo por la terraza hasta que hubiera cenado la servidumbre. La noche era magnífica; dejaba vislumbrar los objetos y parecía velarlos con el único fin de estimular la imaginación. El palacio, así como los jardines, situados en una montaña, descendían en terrazas hasta las orillas del Sena, y las múltiples sinuosidades del río formaban islotes agrestes y pintorescos que amenizaban el paisaje y aumentaban el encanto del hermoso lugar.
Primero nos paseamos por la más larga de esas terrazas; la cubrían árboles frondosos. La señora de T... se había recuperado de la especie de burla de la que acababa de ser objeto; y durante el paseo me hizo algunas confidencias. Las confidencias se atraen, y yo, por mi parte, hice las mías; todas ellas iban tornándose cada vez más íntimas e interesantes. Llevábamos tiempo andando. Primero ella me había dado su brazo, luego ese brazo se entrelazó, no sé cómo, con el mío, que la levantaba casi sin tocar con los pies en el suelo. La postura era agradable, pero a la larga fatigosa, y aún teníamos muchas cosas que decirnos. Aparece un banco de césped; nos sentamos sin cambiar postura. (...)
Sucede con los besos lo mismo que con las confidencias: se atraen, se aceleran, se enardecen mutuamente -en efecto, no bien fue dado el primero, lo siguió otro, y otro más. Se agolpaban, interrumpían la conversación, la reemplazaban; apenas daban a los suspiros la libertad de escaparse. Sobrevino el silencio, se oyó (pues a veces se oye el silencio), y no asustó. Nos levantamos sin decir palabra y echamos a andar de nuevo."
Dominique Vivant-Denon, Sin mañana, 1777.

La relación entre el fragmento literario y la secuencia cinematográfica queda perfectamente explicada por Pedro Amorós, aquí.

Les amants (Louis Malle, 1958)

domingo, 18 de diciembre de 2011

Karluv Most


Yo digo: si encuentro otra palabra para decir arcano, encuentro sólo la palabra Praga. Es turbia y melancólica como una cometa, como impresión de fuego su belleza y serpentina y oblicua como en las anamorfosis de los manieristas, con un halo de lugubridad y desmoronamiento, con un gesto de eterno desencanto...
Angelo Maria Ripellino, Praga Mágica (1973)


No viene a ver cómo se clava
tu más fina torre en el cielo
ni si tu nieve es un pañuelo
sobre los puentes del Moldava...
Rafael Alberti, La primavera de los pueblos (1902)


Resek no había entendido nada. Miraba hacia el puente de Malá Strana, junto al lugar iluminado por las luces. Bohusch continuó:
- Conozco a mi querida Praga hasta el corazón. Hasta el corazón- repitió, como si alguien hubiese puesto en duda su afirmación- pues esta zona, junto con el Hradshin, es su corazón. En el corazón se encuentra siempre lo más secreto y no se imagina usted cuántos secretos guardan esas viejas casas...
Rainer Maria Rilke, Dos relatos praguenses (1899)


Atravesé el puente de piedra con sus estatuas de santos y la de Juan Nepomuceno en pie. El río espumaba de odio contra las pilastras. En un duermevela, mi mirada cayó sobre la hundida cerámica de Santa Lutgarda con los tormentos de los condenados: la nieve recubría de un espeso cojín los párpados de los penitentes y las cadenas de sus manos elevándose implorantes al cielo...
Gustav Meyrink, El Golem (1915)


Esta sería una buena ocasión, se dijo, de dejarme llevar por la desesperación, si me encontrase aquí por efecto de la casualidad y no por mi voluntad
K. en El Castillo, Franz Kafka (1926)

Hay lugares mágicos en los que uno se perdería de vez en cuando. Los transitaría de un lado a otro en soledad, al amanecer o con el crepúsculo, entre brumas y sombras. Con tan sólo el ruido de las caudalosas aguas del Moldava y de los susurros fantasmales de los ecos del pasado. Algunas voces hablarían de tragedias, como la del vicario de Nepomuk que tiraron al río, según la leyenda, por conservar secretos que nunca debían ser revelados. Hablarían de las batallas libradas, como la de los husitas o las de los suecos, con sus motines y saqueos. De defenestraciones, de masacres, de traiciones, de mentiras y desengaños. Pero también, por qué no, otras voces hablarían de la esperanza por lo inalcanzable y de los sueños que quieren asemejarse a la luz.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La idólatra

"Yo ni siquiera concibo a Vd. sin Vd. Para mí es Vd. su boca, sus ojos, sus negros cabellos, que deseo acariciar con mis manos, su dulce voz y el regalado acento de sus palabras que hieren y encantan materialmente mis oídos, toda su forma corporal, en suma, que me enamora y seduce, y al través de la cual, y sólo al través de la cual se me muestra el espíritu invisible, vago y lleno de misterios. Mi alma, reacia e incapaz de esos raptos misteriosos, no acertará a seguir a Vd. nunca a las regiones donde quiere llevarla. Si Vd. se eleva hasta ellas, yo me quedaré sola, abandonada, sumida en la mayor aflicción. Prefiero morirme. Merezco la muerte: la deseo. Tal vez al morir, desatando o rompiendo mi alma estas infames cadenas que la detienen, se haga hábil para ese amor con que Vd. desea que nos amemos. Máteme Vd. antes, para que nos amemos así; máteme Vd. antes, y, ya libre mi espíritu, le seguirá por todas las regiones y peregrinará invisible al lado de usted velando su sueño, contemplándole con arrobo, penetrando sus pensamientos más ocultos, viendo en realidad su alma, sin el intermedio de los sentidos. Pero viva, no puede ser. Yo amo en Vd., no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal D. Luis de Vargas; el metal de la voz, el gesto, el modo de andar y no sé qué más diga. Repito que es menester matarme. Máteme Vd. sin compasión. No: yo no soy cristiana, sino idólatra materialista."
Juan Valera, Pepita Jiménez (1874)
Imagen: detalle del monumento a Juan Valera en el Paseo de Recoletos de Madrid, por Lorenzo Collaut Valera (1928)
Pepita Jiménez (Isaac Albéniz, 1896)

domingo, 30 de octubre de 2011

Venezia en Senso

"Venecia, donde nunca había estado y que tanto había deseado ver, me hablaba más a los sentidos que al alma: sus monumentos, cuya historia no conocía y cuya belleza no entendía, me importaban menos que el agua verde, que el cielo estrellado, que la luna plateada, que los atardeceres dorados y sobre todo menos que la góndola negra en la que, tendida, me abandonaba a los más voluptuosos caprichos de la imaginación. En los arduos calores de julio, al final de un día de fuego, una brisa fresca me acariciaba la frente mientras iba en barca entre la Piazzetta y la isla de Santa Elena, o más lejos, hacia Santa Isabel y San Nicolò del Lido; aquel céfiro impregnado del acre aroma salobre que me reanimaba los miembros y el espíritu, parecía susurrar a mis oídos los férvidos misterios del verdadero amor. Metía el brazo desnudo en el agua hasta el codo, mojando la puntilla que adornaba la manga corta; luego miraba cómo me caían una a una las gotas de las uñas y parecían brillantes purísimos. Una tarde me quité el anillo, regalo de mi marido, en el que brillaba un gran diamante y lo tiré a la laguna, lejos de la barca: era como si me hubiera casado con el mar."
Senso (Camillo Boito, 1882)

Senso de Luchino Visconti (1954), trailler original en italiano. Las escenas venecianas aquí.

viernes, 7 de octubre de 2011

Olvidarse de uno mismo

"¿Lee mucho, Bernie?
- Cada vez más -reconocí-. Para mí, es como irse a la legión francesa: lo hago para olvidar. Para olvidarme de mí mismo, me parece." (...)
"[B. Gunther]: Hablas de la verdad como si tuviese algún sentido, pero cuando me la tiras a la cara no es más que un puñado de arena. No es la verdad en absoluto. Al menos, no la que yo quisiera oír. No la tuya. No nos engañemos, ¿de acuerdo?" (...)
Si los muertos no resucitan, ¿qué pasa con el espíritu del hombre? Y si resucitan, ¿con qué cuerpo volvemos a la vida? No tenía respuestas para eso. Nadie las tenía. Si los muertos resucitasen y fueran incorruptibles y yo pudiese cambiarme por otro en una abrir y cerrar de ojos, puede que, sólo por morir, valiera la pena dejarme matar o quitarme la vida.
Detective Bernie Gunther. En Si los muertos resucitan de Philip Kerr (2009).

sábado, 1 de octubre de 2011

La carta

Se interrumpió, jadeante. Una mezcla inaudita de crueldad, rabia y dolor desfiguraba su rostro, que no parecía humano. ¡Quién podía imaginarse que una mujer tan serena, tranquila y refinada fuese capaz de una pasión así! Mr. Joyce retrocedió un paso. Atónito, se la quedó mirando. Aquello no era un semblante, sino una máscara odiosa. Oyeron una voz que llamaba desde otra habitación, una voz fuerte, alegre y amiga. Era Mrs. Joyce. 
- Ven Leslie... Ya está preparada tu habitación. Debes de estar muriéndote de sueño.
Las facciones de Mrs. Crosbie fueron serenándose poco a poco. Las pasiones que se retrataban tan claramente en su rostro se desvanecieron como se estira un papel arrugado, y al cabo de unos instantes su rostro ofrecía la franca y serena expresión de siempre. Estaba un poco pálida, pero sus labios se curvaban con una afable y atrayente sonrisa. Era una vez más la mujer distinguida y bien educada de siempre.
- Ya voy, Dorothy querida. No sabes cuánto siento molestarte de esta manera.
Fin
La carta (William Somerset Maugham, 1929)

Aquí abajo dos interpretaciones. Fantástica la de Jeanne Eagels, nominada al Oscar aquel año con carácter póstumo. Murió a los treinta y nueve años por una sobredosis de heroína. Su foto, que da inicio a la entrada, fue tomada en 1921. En 1957 Georges Sidney dirigió una película basada en su vida protagonizada por Kim Novak.
La Carta (1929, Jean de Limur)

La carta (1940, William Wyler)

lunes, 20 de junio de 2011

Du liebtest mich doch

(...) Y cuando la brisa nocturna, húmeda y cálida, que penetra por la ventana abierta cerca de mí, da tan extrañas formas a las volutas del humo, llevándolas hacia la mate oscuridad adonde no alcanza la lámpara de pantalla verde, me siento seguro de estar ya soñando.
La cosa es grave entonces, pues esa seguridad suelta las riendas a la fantasía. (...)
Impresiones recibidas antaño por el sentido de la vista se renuevan de modo extraño, evocando los mismos sentimientos de entonces.
Con qué interés observo cómo se hace ansiosa mi mirada, tratando de captar aquel rincón en la oscuridad. Aquel lugar, del cual va decantándose cada vez con más claridad una luminosa imagen. Cómo la absorbe; o cree hacerlo, pero es feliz al mismo tiempo. Es decir, que se entrega cada vez más, recibe cada vez más, se alucina, fabrica su propio embrujo más... cada vez... más.
Y he aquí, con toda claridad, como entonces, la imagen, la obra de arte de la casualidad. Surgida de lo olvidado, recreada, configurada, pintada por la fantasía, esa artista de talento fabuloso.
No es grande, sino pequeña. No está completa en realidad, pero es tan perfecta como entonces. Pero se difumina infinitamente en la oscuridad, hacia todos los lados. Un todo. Un mundo... Tiembla en su interior la luz y una honda armonía sin sonidos. Ninguno de los alegres rumores exteriores puede penetrar. Exteriores no ahora, quizá, sino entonces.
Abajo deslumbra el damasco; motivos de plantas y flores cruzan, se redondean y se entrelazan. Sobre él, el plano transparente de cuya base se eleva esbeltamente la copa de cristal, llena a medias de oro pálido. Delante, soñadoramente extendida, una mano. Los dedos reposan, inertes, sobre el pie de la copa. Un anillo plateado abraza uno de ellos, y sobre aquél sangra un rubí.
Desde la delicada muñeca, el delicado crescendo de las formas que quieren ser brazo se borra en el conjunto. Un dulce enigma. La mano de mujer descansa, soñadora e inmóvil. Sólo en la parte de esa blancura mate que cruza blandamente el azul claro de una vena se percibe el pulso de la vida, existe el ritmo lento y violento de la pasión. Y al notar mi mirada, se acelera más y más, se hace más salvaje, hasta llegar al estremecimiento, y a la súplica: Déjame...
Pero mi mirada gravita pesadamente, con placer cruel, como entonces. Gravita sobre la mano, en la que late temblorosamente la lucha con el amor, el triunfo del amor... como entonces... como entonces...
Lentamente se desprende del fondo de la copa una perla, flotando hacia arriba. Como la alcanza la luminosidad del rubí, llamea en color rajo de sangre y muere de súbito en la superficie. En este instante todo quiere desaparecer, como turbado, y por mucho que la mirada se esfuerce en revelar dibujando los suaves contornos.
Ahora desapareció; se perdió en la oscuridad. Respiro hondo, pues me doy cuenta de que eso lo había olvidado. Como también entonces...
Al echarme hacia atrás, cansado, me traspasa el dolor. Más ahora ya sé tan seguro como entonces: Tú me amabas realmente... Y es por eso por lo que ahora puedo llorar.
Thomas Mann, Visión (Estudio en prosa), 1893.
Imágenes: Giovanni Boldini.

lunes, 9 de mayo de 2011

El alumno no se precipita

El alumno japonés trae consigo tres cosas: una buena educación, un apasionado amor por el arte elegido y una veneración incondicional para con el maestro. Desde los tiempos más remotos la relación entre maestro y discípulo constituye uno de los lazos fundamentales de la vida, por lo cual entraña una responsabilidad del maestro que rebasa con mucho los límites de la materia que enseña.
Al principio, lo único que se exige del alumno es que imite concienzudamente lo que hace el maestro. Poco amigo de prolijos adoctrinamientos y motivaciones, este se limita a unas breves indicaciones y no espera que el alumno haga preguntas. Tranquilamente observa sus tanteos, sin esperar ni independencia ni iniciativa propia, y aguarda con paciencia el crecimiento y la madurez. Los dos tienen tiempo: el maestro no apremia, y el alumno no se precipita.
Lejos de querer despertar prematuramente al artista, el maestro considera como su misión primordial convertir al discípulo en un artesano que domine absolutamente su oficio. La incansable diligencia del alumno facilita el logro de tal propósito. Como si no abrigase aspiraciones más elevadas, se deja imponer la carga con sorda resignación, para descubrir con el transcurso de los años, que las formas dominadas ya a la perfección no oprimen sino que liberan.
Bungaku Hakushi-Eugen Herrigel, Zen en el arte del tiro con arco (1948)

miércoles, 20 de abril de 2011

Nazarenos de Ballester



La procesión desfila, y tras algunos pasos ruedan sobre carritos las largas tubas, seguidas de los arcaicos tambores, que han de dar son lúgubre en las paradas. Suenas las tubas destempladas, que es empresa tremenda la de llenar de aire larguísimo instrumento, y redoblan los tambores con compás arcaico y lúgubre. Y así desfilan los pasos llevados en andas por los hombres de la huerta murciana, con sus calzones moriscos y sus medias repicadas, y acompañados por la emoción de todo un pueblo.
José María Cossío (1958)
Imágenes: exposición "Los nazarenos de Mariano Ballester", Museo Salzillo de Murcia (abril-junio 2011)

jueves, 3 de febrero de 2011

... y feliz año nuevo chino

Alicia empezaba a estar muy cansada de permanecer junto a su hermana en la orilla, y de no hacer nada; una vez o dos había echado una mirada al libro que su hermana estaba leyendo, pero no traía estampas ni diálogos; y "¿de qué sirve un libro", pensó Alicia, "si no trae estampas ni diálogos?". Así que estaba deliberando en su interior (lo mejor que podía, ya que el día caluroso la hacía sentirse muy soñolienta y atontada) si el placer de trenzar una cadena de margaritas merecía la molestia de levantarse a coger las margaritas, cuando de pronto llegó junto a ella un conejo blanco de ojos rosados.

No había nada de particular en aquello; ni consideró Alicia que fuese muy excepcional oír al Conejo decirse a sí mismo: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar demasiado tarde!” ( al pensar en ello más tarde, se le ocurrió que debía haberle extrañado una cosa así; sin embargo, en aquel momento le pareció la mar de natural).
El Conejo se metió por una gran madriguera bajo el seto. Un instante después se coló Alicia también, sin pararse a pensar cómo saldría.

¡Feliz año nuevo chino!
Fotos: Vladimir Clavijo Telepnev

domingo, 9 de enero de 2011

Viento hueso

"Entre los clasicistas y los vanguardistas, los ascetas y los hedonistas: Liu Hsieh, Chambelán del Secretario Adjunto del Palacio de Oriente, cuya obra La razón de la literatura y la escultura de dragones, primer libro extenso de crítica literaria china, promovió la innovación basada en los clásicos: "cambio y continuidad". Liu Hsieh escribió: "Mira el presente y crea lo inusitado; consulta a los antiguos y establece las leyes". Y: "El estilo ha progresado desde la sencillez hasta el solecismo". Cuanto más reciente es el periodo, más insípido resulta. Al esforzarse en lo moderno y descuidar a los antiguos, el viento ha muerto y la vitalidad se ha disipado". 
El capítulo vigésimo octavo de los cincuenta que componen el libro se titula "VIENTO HUESO", viento y hueso, y es el más misterioso de todos. Para expresar las emociones se debe comenzar con VIENTO; para organizar las palabras, se debe tener HUESO. Aquél cuya estructura ósea esté bien ejercitada estará bien versado en la retórica: aquél que tenga mucho VIENTO articulará apropiadamente sus emociones. Parecería que VIENTO es sentimiento e ideas y que HUESO es lenguaje, pero Liu también afirma que ser parco en ideas y pródigo en palabras, confuso y desorganizado, es una señal de falta de HUESO. Y, sin embargo, que las ideas sean incompletas, estén agotadas y no tenga vitalidad también es un señal de falta de VIENTO. Qué es VIENTO y qué HUESO no ha sido determinado de manera concluyente por ninguna de las diversas generaciones de críticos chinos, pero lo cierto es que, según Liu Hsieh, la combinación o equilibrio perfecto de VIENTO y HUESO, la metáfora del poema ideal, es un pájaro."
Eliot Weinberger, Algo elemental (2007)

martes, 30 de noviembre de 2010

Flavia Serena


Serena era delgada y de constitución pequeña, aun así, la elegancia de sus movimientos y la elección de su vestimenta y adornos le otorgaban un porte majestuoso. No se podía concebir mayor refinamiento. Como en todo lo que emprendía, también en ese aspecto aspiraba a la perfección. Sentía verdadera pasión por las cosas bellas y costosas, cualidad que, en más de una ocasión, condujo a Estilicón al borde de la ruina. Poseía además de manera natural lo que Proba, la madre de los Anicios (a menudo considerada como su rival) era incapaz de conseguir ni aún con la mayor dedicación y celo del mundo: intuición para las ciencias y gusto para las artes
Quien no haya visto a Serena, leyendo o tocando la cítara, reclinada en su sillón entre las adelfas en flor, con su túnica de color amarillo y violeta de croco —con pliegues asimétricos del hombro a la cadera, de la rodilla a los pies, el cuello y los cabellos adornados con camafeos—, nunca sabrá en qué consiste la gracia de una romana de sangre azul.
Aun así, no era una mujer afable en la acepción habitual de la palabra; soberanamente generosa para con sus favoritos, soberanamente dura con los que perdían su favor, soberanamente caprichosa en lo tocante a ideas y deseos repentinos, y soberanamente arbitraria en la puesta en práctica de los mismos, como si ella fuese la única persona en este mundo.
Cada vez que alguno de sus amigos, tras convertirse al cristianismo, deseaba vender sus posesiones y dar el dinero a los pobres, Serena se apresuraba a ofrecerles una fortuna por sus palacios, jardines y tesoros. Estilicón, que no disponía de semejante suma de dinero, se veía obligado a anular la compra. A él se le tomaba a mal lo que a Serena se le había perdonado de antemano.
Hella S. Haase, Un gusto a almendras amargas, 1966.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Bibliofilia


Es sorprendente que un librito tan sencillo como 84, Charing Cross Road me haya llamado tanto la atención. Aunque si se tiene en cuenta lo que me gusta perderme en las librerías no es cosa tan sorprendente. He estado echándole un vistazo a la película basada en esta obra formada con la correspondencia real que mantuvo la escritora americana de guiones y obras de teatro Helene Hanff con el personal de la librería londinense Mark & Co. y la verdad es que tiene muy buena pinta. Aunque si es como el libro, supongo que no sucederán grandes cosas y en su sencillez radicará la clave de su belleza. 
¿Pueden llegar a conectar tanto personas que solamente se conocen por correspondencia? Sí, si les une una pasión común. Sí, si esa pasión es la de la literatura y la de los libros.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Al pie de la sepultura

Sólo en la vida más pura
los justos comprenderán
a Don Juan
al pie de la sepultura

José Zorrilla, Don Juan Tenorio (1844)

Imágenes: decorados y diseños teatrales de Salvador Dalí.

domingo, 31 de octubre de 2010

Al andar cantaban Eterna Memoria

LIBRO PRIMERO
Primera parte
EL RÁPIDO DE LAS CINCO
1

Andaban, y al andar cantaban Eterna memoria. Los pies, los caballos y el soplo del viento parecían continuar el cántico cuando se detenían. Los transeúntes abrían paso al cortejo, contaban las coronas y se santiguaban. Los curiosos, metiéndose entre las filas, preguntaban:
—¿Quién es el muerto?
Y les respondían:
—Zhivago.
–¡Ah! Entonces se comprende.
—Pero no él. Ella.
—Lo mismo da. ¡Dios la haya perdonado! Lujoso entierro.
Transcurrieron los últimos minutos, contados e irreversibles.
El sacerdote, con el ademán de la bendición, arrojó un puñado de tierra sobre María Nikoláievna. Se entonó Por el alma de los justos. Después comenzó una terrible carrera. Cerraron el ataúd, lo clavaron y lo bajaron a la fosa. Tamborileó sobre la caja la lluvia de las paletadas de tierra arrojada apresuradamente con cuatro palas, hasta que se formó un pequeño túmulo. Sobre él se encaramó un niño de diez años.
Sólo en ese estado de necia insensibilidad que suele producirse en los entierros solemnes puede parecer plausible que un chiquillo quiera pronunciar unas palabras sobre la tumba de su propia madre.
Levantó la cabeza y desde el túmulo abarcó con mirada ausente los desiertos campos otoñales y las cúpulas del monasterio. Contrajo levemente el achatado rostro y alargó el cuello. Si hubiese sido un lobezno el que levantara la cabeza con aquel ceño, hubiérase dicho que estaba a punto de aullar. El chiquillo se tapó la cara con las manos y prorrumpió en sollozos. Una nube que acudía hacia él comenzó a golpearlo sobre las manos y la cara con los líquidos azotes de un helado chubasco. Un hombre se acercó a la tumba; vestía de negro, y las mangas estrechas y ceñidas formaban pliegues en sus brazos. Era el hermano de la difunta y tío del chiquillo que lloraba, el sacerdote Nikolái Nikoláevich Vedeniapin, fuera de su ministerio a petición propia. Se acercó al chiquillo y se lo llevó.
Borís Pasternak, El doctor Zhivago (1956)

Y aquí un fragmento de la película de David Lean (1965), uno de los pasajes más impresionantes y líricos de la historia del cine... tan apropiado para un día como el de mañana.