sábado, 9 de enero de 2010

Elvis the King


Ayer Elvis Preysler hubiera cumplido 75 años... Y los Reyes Magos me han traído este fantástico CD.

All the world's a stage, 
and all men and women merely players: 
they have their exits and their entrances; 
And one man in his time plays many parts

(William Shakespeare, Como gustéis, ca. 1599)

I wonder if you're lonesome tonight
You know someone said that the world's a stage
And each must play a part
Fate had me playing in love you as my sweet heart
Act one was when we met, I loved you at first glance
You read your line so cleverly and never missed a cue
Then came act two, you seemed to change and you acted strange
And why I'll never know
Honey, you lied when you said you loved me
And I had no cause to doubt you
But I'd rather go on hearing your lies
Than go on living without you
Now the stage is bare and I'm standing there
With emptiness all around
And if you won't come back to me
Then they can bring the curtain down


sábado, 2 de enero de 2010

Otra vez Lo que el viento se llevó

 

 
Me encuentro estos días releyendo ese gran novelón y esa gran joya de la literatura norteamericana que es Lo que el viento se llevó (premio Pulitzer en 1937). Para mí, esta única novela de Margarett Mitchell no tiene nada que desmerecer frente las consideradas como grandes obras de la literatura de esta nación. Le prometí a Athena una reseña pero creo que finalmente dejaré mejor esta entrada en la Wunderkammer porque me da mucho respeto hacer crítica de hitos literarios. Porque éste sencillamente lo es... aunque haya sido tachado de novela rosa. Al final creo que el tiempo siempre coloca las cosas en su lugar y tras los ochenta años que han pasado tras su escritura, seguro que son pocos ya los que dudan en afirmar que ésta es una de las grandes novelas históricas de todos los tiempos. Al menos yo así lo creo.

En mi familia siempre se dijo de la película: "es un peliculón". Fue siempre la favorita de mis abuelos y no me extraña nada. Miro la fotografía de ellos en su juventud y son como una trasposición. Ellos formaron parte de la generación que vivió la Guerra Civil española, la que vivió episodios muy parecidos a los que se cuentan en esta gran película/novela. No es de extrañar que fuese la película por excelencia de aquellos que vivieron su noviazgo en la guerra o inmediatamente después, en aquellos  duros años de la década de los cuarenta. Allí están presentes la pasión, el odio, la miseria, el hambre, la pena, la historia, la política, el amor y el desamor.

Si la película es un películón con la novela ocurre exactamente lo mismo, "es un novelón". Y entre ambas hay una simbiosis como pocas veces me he topado: no se podría haber hecho mejor adaptación cinematográfica. Uno va leyendo pasaje tras pasaje y surgen los mismos escenarios, las mismas caras, el mismo espíritu. No me extraña que desde el principio no se dudara de que Rhett Butler tenía que ser interpretado por Clark Gable o que se tardara tanto en encontrar a la verdadera Scarlett O'Hara. Y es que nadie podría haberlo hecho mejor que Vivan Leigh. Puede que el personaje de Melanie Hamilton Wilkes hubiera requerido de una actriz más bajita y enquencle que Olivia de Havilland, aunque su cara es perfecta... o que Ashley Wilkes hubiese sido interpretado por un actor más joven e incluso más apuesto que Leslie Howard. Pero lo cierto y verdad es que Ashley es un personaje que envejece súbitamente y en realidad tampoco podría imaginarme a otro actor interpretándolo.

Pero vayamos a la novela, un gran drama histórico, cuyo título original era El antiguo Sur, con unos personajes excelentemente bien definidos, llenos de contrastes y de fuerza, en unos escenarios magníficamente descritos, con unos tintes de historia bien pincelados. Todo un canto a un estilo de vida, a una forma de pensamiento un tanto decadente, todavía presente cuando la Mitchell, que había nacido en Atlanta en 1900, escribió su novela. Y ello en contraste con esos nuevos tiempos que llegaban desde ese Norte mucho más industrializado y burgués. Una de las licencias que se permite la película frente a la historia original, es no incluir a los dos hijos que tiene Escarlata con sus dos primeros maridos: Wade Hampton Hamilton, compañero de juegos del pequeño Beau Wilkes, hijo de ese primer marido con el que se casa la protagonista (el hermano de Mellanie) para estar más cerca de su amado y con el que sólo convivirá unas escasas dos semanas, así como Ella Kennedy, la hija que tiene con su segundo marido, el que le roba a su hermana. Pero tampoco hubiera pasado nada si los niños hubieran estado presentes en la película, por ejemplo, Wade debería haber estado junto con los protagonistas en la carreta en la famosa huida del asedio de Atlanta. Y los pasajes en los que se ve la estupenda relación que tiene Rhett Butler con sus hijos adoptivos son una delicia. Así que lo veo algo imperdonable aunque ello no reste veracidad a la película.

A pesar de las más de mil páginas, su lectura nunca se hace pesada, todo lo contrario de las dos secuelas escritas en la actualidad. Las descripciones son magníficas: la apacible Tara, la decadente Atlanta, la bulliciosa Nueva Orleáns. Es todo un retrato de costumbres y se podría hacer (se habrá hecho) todo un estudio de género con el pensamiento y las actitudes de la mujer ante la guerra, la política, la familia, en resumen, la vida. Me sigue fascinando el personaje de Scarlett O'Hara, un mujer nada corriente en aquella época, con ideas propias y con objetivos muy claros, que sobrevive en el cruel mundo de la guerra y de la posguerra, en el de los negocios, reservado exclusivamente a los hombres, en el de las apariencias y la estricta cortesía del decadente Sur. Rhett Butler es la pareja perfecta para Scarlett... pero cuando ella cae en la cuenta ya es demasiado tarde.

Siempre me encanta imaginar una segunda parte, como a casi todo el mundo. A pesar del último diálogo de la novela en que Rhett le confiesa a Scarlett que ya no la quiere, tremebundo, en el que nunca puedo evitar que me caigan la mar de lagrimones cuando lo leo, y en el que claramente vemos que la relación es del todo irrecuperable, el lector, como Scarlett, no deja de leer entre líneas, por si queda algún atisbo de esperanza. Una sufre y se compadece de la pobre protagonista,  siempre práctica, siempre resolutiva, cobarde como la tacha Rhett pero a la vez valerosa y optimista, con la famosa frase que es como una mantra durante toda la novela: "pero ya lo pensaré mañana, mañana será otro día, mañana...".Y Tara, siempre Tara, como ese lugar casi paradisiaco que es el bálsamo al que siempre acude la indomable mujer de sangre irlandesa para curar las heridas de su espíritu inquebrantable.

No me gusta nada la continuación que imaginó Alexandra Ripley, demasiado rocambolesco. Se supone que Scarlett persigue a Rhett hasta Charleston y luego la mitad de la novela se la pasa en Irlanda con la hija que vuelve a engendrar con él... un pestiño sin pies ni cabeza. Es mucho mejor la novela de Donald McCaig, en la que imagina que Rhett vuelve a Tara al tiempo de viajar por el mundo para tratar de superar su profunda depresión, para ayudar a su familia en apuros, con su hermana Rosemary y su sobrino incluidos. Casi toda su novela cuenta la vida del personaje de Rhett desde su infancia, así como el de la prostituta Belle Watling, siendo ambos junto con Rosemary, los verdaderos protagonistas de la novela. McCaig sabe aprovechar muy bien esos periodos de tiempo en los que Rhett desaparece en historia de Mitchell e incluso le saca partido a ese niño (¿hijo?) al que se alude en la novela original, que vive en una escuela de Nueva Orléans y que está presente en las vidas tanto de Rhett como de Belle Watling (¿sus padres?). Una curiosa historia que se deja muy  pero que muy tímidamente entrever y con la que McCaig teje una posible historia paralela bien trabada. Pero para mi gusto le falta la pasión de la novela original, aunque también hay que tener en cuenta que ya no la conocemos a través de la peculiar mirada de Scarlett.

Y seguiría hablando de esta novela/película. Pero ya me he alargado demasiado... así que, sin duda, y a ser posible, seguiré otro día.

Incluyo una foto de mis abuelos maternos, espero que a mi familia no le importe. Pero es que me acuerdo tanto de ellos cuando leo/veo la historia y además, eran tan apuestos... La foto es de su boda, de 1945. Mi abuela iba de luto porque acababa de morir su hermana. Una tragedia más producto de aquella cruenta guerra que acabó en 1939, cuando se rodó Lo que el viento se llevó.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Cocinando como Pequeña Princesa




Hace un año le dimos finiquito al 2009 con una entrada de cine clásico en blanco y negro protagonizado por Barbara Stanwyck. Como este año lo terminamos también de la misma manera, esto es, cocinando, esta vez nos va a ayudar a clausurarlo Shirley Temple (1928).

El año 1939 fue memorable para el cine puesto que se estrenaron películas tan míticas para su historia como Lo que el viento se llevó, La Diligencia, Tú y yo, Cumbres Borrascosas, El Mago de Oz, Caballero sin espada, Ninotchka, La regla del juego, Dodge ciudad sin ley... por no seguir con muchas más. También se estrenó la primera película en technicolor que protagonizaba la niña más adorada de aquel momento, Shirley Temple. Llevó por título La Pequeña Princesa (Walter Lang) y se basaba en una novela para niños que había escrito Frances Hogdson Burnett en 1904 y que a su vez había versionado de una serie por entregas que ella misma había escrito dieciocho años atrás. Muchas historias de esta época de la primera mitad del siglo XX tienen en común las desdichas de jóvenes abandonadas a su suerte en escuelas para señoritas, como Papá piernas largas, ya comentada en Wunderkammer, o en orfanatos, como la misma Annie, que aunque el conocido musical es de 1977, en realidad se basaba en un cómic de 1924. Por no hablar de Ana de las Tejas Verdes (de la canadiense Lucy Maud Montgomery, 1908) o del anime Candy, Candy (del manga de 1975). Y por supuesto, sin olvidarnos de la heroína por excelencia de este tipo de historias que para mí siempre será la Jane Eyre de Charlotte Brontë (1847).

La historia de Frances H. Burnett fue llevada al cine en diversas ocasiones, la primera vez en 1917, y se han hecho también series de televisión basadas en esta historia. Pero si había alguien que podía encarnar a la perfección al personaje de Sarah Crewe ese alguien era la dicharachera Temple que en tan sólo una década, la de los años treinta, filmó nada más y nada menos que cuarenta películas, lo que denota la popularidad que tenía la niña. A mí, a priori, simpre me pareció un pelín ñoña pero ahora que soy mamá y que tengo una nena con esos mismos ricitios y esos hoyuelos tan simpáticos la verdad es que me hace mucha gracia verla actuando. Ni que decir tiene que cantaba y bailaba de maravilla y que en esta película tiene escenas memorables, como la misma secuencia final en que la que ya junto a su recién recuperado padre se cuadra y le hace un guiño a la mismísima reina Victoria. La película cuenta cómo el capitán Crewe se marcha a la guerra y tiene que dejar a su hija en un internado para niñas. Si al principio es tratada como una princesita, al llegar la noticia de que el padre ha muerto y puesto que ya nadie puede pagar su manutención, pasa a convertirse en una verdadera Cenicienta. Curiosamente en la novela original Sarah Crewe no llegaba a encontrar a su padre. Pero corría el año 1939,  en los  mismísimos inicios de la Segunda Guerra Mundial, y era mejor que aquellos niños que fuesen a ver la película pensasen que sus padres volverían sanos y salvos de la guerra.

Aquel año de 1939 Shirley Jane Temple ya contaba con once años de edad. Se pensó en ella para El Mago de Oz, que a punto estuvo de no protagonizarla Judy Garland, y también para el papel de Bonnie Blue Butler en Lo que el viento se llevó, aunque fue descartada porque era ya demasiado mayor.  Pero lo cierto y verdad es que la niña elegida finalmente, Cammie King (según la Imdb no haría más películas pero interpretó la voz de la novia de Bambie) parece una versión de ella misma con menos edad.

He seleccionado unas imágenes de la Temple vestida de Papá Noel y, por supuesto, una imagen suya cocinando, como nos toca hacer a nosotras hoy (no me gusta cocinar... pero con una pinche tan voluntariosa como la mía hace que no me importe nada meterme en la cocina). También incluyo dos fragmentos de la película de The Little Princess, uno en el aparece en la cocina y otro con el famoso y emotivo final en el que se encuentra con su padre, al que daban por perdido, en el hospital. Con Reina Victoria incluida.

Desde Wunderkammer, ¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOS!



jueves, 24 de diciembre de 2009

Feliz Navidad

 Nacimiento (Detalle). Belén de Francisco Salzillo (1776-1783). Museo Salzillo, Murcia.

Qué suerte tener en Murcia un Belén como el que hiciera Francisco Salzillo en el último cuarto del siglo XVIII.
Toda una joya de la historia del arte español.
Porque un Niño está a punto de nacer...
Y porque ese Niño nos trae un mensaje de amor y de esperanza para todos.
Desde Wunderkammer ¡FELIZ NAVIDAD!

domingo, 20 de diciembre de 2009

No creas con ligereza




"Seas quien seas, que la ofuscación no te lleve muy lejos, ni llegues a perder el seso oyendo el nombre de una rival. No creas con ligereza: Procris te ofrece un lastimoso ejemplo de lo perjudicial que resulta creer sin reflexión. Cerca de los collados que matizan de púrpura las flores del Himeto brota una fuente sagrada cuyas márgenes están cubiertas de césped; los árboles y arbustos, sin formar bosque, defienden del sol, y esparcen sus perfumes el laurel, el romero y el obscuro mirto; crecen allí los bojes necios, las frágiles retamas, el humilde cantueso y el pino arrogante, y las flexibles ramas con las altas hierbas se balancean al blando impulso del Céfiro y las auras saludables... "

Ovidio, El arte de amar (2 a.C.-2 d.C)


lunes, 14 de diciembre de 2009

La parte por el todo IV

Creo que me toca a mí poner el enigma de la semana.
¿Interior de ...? Y ¿cuál es el título y autor del cuadro más grande?

... el viento de otoño


akikaze ni
aruite nigeru
kotaru kana

Camina la luciérnaga
evitando
el viento de otoño 

Isaa Kobayashi (1762-1826)

sábado, 12 de diciembre de 2009

Treinta y ocho






Doce doce... Pues aquí estamos, otro año más... Mi queridísima Shirley Temple particular and her dad me han despertado con un regalito. Así que yo encantada de cumplir años, a pesar de esos 38 que se acercan peligrosamente a la "cuarentena".

Y como me gusta celebrar las cosas con música, ahí queda un Happy Birthday con la gran voz de  mi querido Frank Sinatra, que también hubiera cumplido años hoy, así como una propinita que me autoregalo y que queda muy acorde con estos días prenavideños.



viernes, 11 de diciembre de 2009

Gable y Lombard





Tres años de matrimonio abortados por un desgraciado accidente de avión que acabó con la vida de ella en 1942. Eran la pareja más famosa de Hollywood aunque solamente rodaron juntos una película, No Man of her Own (1932). Su relación comenzó unos años más tarde pero es indudable que la química ya estaba ahí. Dicen las crónicas que se enamoraron en una fiesta en la que el anfitrión pidió a sus invitados que fueran con algo blanco. La Lombard llegó en ambulancia e hizo su entrada triunfal en la fiesta encima de una camilla... y Gable se dio cuenta de que allí estaba su media naranja. Puede que aquello fuera un símbolo de su trágico destino.

La película fue dirigida por Wesley Ruggles y fue estrenada en Nueva York un 15 de diciembre de 1932, diez años antes de la muerte de esta gran actriz a la que todos recordamos en su papel protagonisa en ese gran películón que Ernst Lubitsch rodara el año en que Carol murió, Ser o No Ser (1942). Pero sigamos con la película de Ruggles que si no corro el peligro de desviarme del tema, pues la de Lubitsch es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Pues eso, que en "No era hombre de su propiedad" - que así podríamos traducir... una frase con mal fario si nos atenemos a lo que finalmente pasó- ella hacía de bibliotecaria y él de un bribón jugador. La más famosa escena que rodaran juntos es la que enlazo aquí, en la que Clark Gable hace subir a la Lombard por una escalera para que le preste un libro con la excusa de verle las piernas. Ni que decir tiene que fue una escena de lo más subidito de tono para la época. Un escándalo, vamos.

Ellos son indiscutiblemente una de las grandes parejas del cine, aunque solamente rodaran juntos una película... y a pesar de que la imagen de Gable quede insoldablemente unida a la de Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó (1939) o ya como galán más maduro junto a la de Ava Gardner en Mogambo (1953).

jueves, 10 de diciembre de 2009

El rey del soul


Hoy se cumple el cuadragésimo segundo aniversario de la muerte del gran rey del soul, Otis Redding.  Con tan sólo veintiséis años y por culpa de un accidente de avión, se rompía la trayectoria de una de las mejores voces de todos los tiempos. Una voz que tenía la virtud de ser desgarradora y aterciopelada a la vez. Sus éxitos son muchos pero mi preferida es una de las canciones más románticas y con más soul de todos los tiempos, I've been loving you too long (to stop now). Así que la incluyo en mi Wunderkammer sin poder evitar escribir la letra al completo.

I've been loving you too long to stop now

There were time and you want to be free
My love is growing stronger, as you become a habit to me
Oh I've been loving you a little too long
I dont wanna stop now, oh
With you my life,
Has been so wonderful
I can't stop now

There were times and your love is growing cold
My love is growing stronger as our affair [affair] grows old
I've been loving you a little too long, long,
I don't want to stop now
oh, oh, oh
I've been loving you a little bit too long
I don't wanna stop now
No, no, no

Don't make me stop now
No baby
I'm down on my knees Please, don't make me stop now
I love you, I love you,
I love you with all of my heart
And I can't stop now
Don't make me stop now
Please, please don't make me stop now
Good god almighty I love you
I love you, I love you, I love you
I love you, I love you
I love you in so many different ways...
I love you in so many different ways....




lunes, 7 de diciembre de 2009

Rhett, un grande del cine y la literatura


Ahora que estamos inmersos en pleno puente de la Inmaculada me acuerdo de los grandes peliculones de sobremesa, esos que una disfrutaba una y otra vez bajo la manta calentita en un cómodo sofá. Y, claro, nunca faltaba en un buen "acueducto" esa gran película norteamericana que arrasó en los óscars de 1939 y que fue la primera en color de la historia del cine, Lo que el viento se llevó (Gone with de wind, Fleming, Cukor, Wood, 1939). La primera vez que conocí la historia fue gracias a mi tía materna, que al igual que le ocurre a una prima mía (ésta por parte de padre), tiene una especial habilidad para contar historias de forma gráfica, absolutamente adornada pero fiel. Recuerdo incluso aquella noche, en el portal de la casa de Torrevieja, bajo un cielo que antes era mucho más estrellado de lo que desgraciadamente es ahora. Tengo la novela, la cual leí hace mucho tiempo, así como las secuelas contemporáneas, Scarlett (Alexandra Ripley, 1991) y Rhett (Donald McCaig, 2008), muchísimo más lograda la segunda que la primera. La novela de McCaig tiene la virtud de aproximarse de manera mucho más fiel a la historia y de construir de forma muy verosímil la posible vida del personaje de Rhett Butler desde su infancia. Sin tintes extremadamente rosas, como sí  peca la de la Ripley, y denotando un gran conocimiento de la historia norteamericana, como ocurría con la novela original de Mitchell.

Rhett Butler es uno de los grandes protagonistas de la literatura y del cine universales. Junto con Darcy, Edward Rochester y Heathcliff ocupa el pabellón de los personajes masculinos que más han atraído los suspiros de las lectoras de todos los tiempos. Un chico malo y mujeriego pero terriblemente encantador que se enamora de una mujer calculadora, rebelde y con mucho carácter, Scarlett O'Hara. Rhett es el prototipo de hombre hecho a sí mismo que posse un gran magnetismo propio de los caballeros sureños. Su frase más célebre es la que sigue al famoso portazo: "Francamente, querida, me importa un bledo" ("Frankly, my dear, I don't give a damn"). Una frase que estuvo a punto de no aparecer debido a la censura y que le costó mucho dinero a su famoso productor para que finalmente permaneciera en el guión.

Siempre le tuve un cariño especial a este personaje interpretado por el gran Clark Gable y puede que ese amor me lo transmitieran mi propia tía y mi madre, que siempre han insistido en lo que les recordaba el actor a su padre. Baste decir que mi abuelo murió un 13 de noviembre de 1971, justo un mes antes de que yo naciera.

Lo curioso de esta historia, que tan bien traduce los hechos que acontecieron en la guerra de Secesión norteamericana, es que fue escrita en 1929, cuando Margaret Mitchell, su autora, tuvo que estar un tiempo en reposo por una fractura de tobillo. El editor Macmillan Hatham, de paso por Atlanta en 1935, conoció a Mitchell gracias a una amiga y se llevó su pesado manuscrito escrito en una vieja máquina de escribir Remington. Ella no tenía intención de darlo a conocer pero parece ser que lo hizo por amor propio, ante el comentario de otro amigo que se burló de ella diciendo que seguro que era incapaz de escribir. El editor obligó a la escritora a terminar la novela, que quedó definitivamente concluida en 1936, año en el que el productor David O. Selznick compró los derechos para poder llevarla al cine.

Lo que pasó después lo sabemos todos. Se convirtió en una auténtica leyenda y hoy es una de las grandes películas de toda la historia del cine. Y con ello Rhett Butler se convirtió en uno de los grandes personajes masculinos de todos los tiempos.

P.S. Aunque Lo que el viento se llevó no fue estrictamente la primera película en color, ya que la primerísima sería La feria de las vanidades (1935) dicen las enciclopedias de cine que fue con la gran obra de Selznick, verdadera alma máter de la película, cuando el color alcanzó su plenitud artística.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Obsesión de otoño



Tras leer la poética entrada en Oficio de Escribir sobre un Pañuelo de Sol, he recordado un rito que hacía en mi habitación de mi antigua casa orientada al atardecer.

Hacía una parada, en los momentos de estudio, en que el sol caía casi de frente, aunque algo bajo ya, durante unos largos minutos, entre las siluetas de dos edificios El tiempo parecía quedar en suspensión,  al igual que las doradas partículas de polvo que aparecían de repente en ese instante de quietud mágica. Momentos en que todo se inundaba de calor, hasta que la oscuridad y el frío hacían acto de presencia.

Ahora mis ventanas reciben el sol intenso de la mañana. Sé que aquella habitación era tremendamente calurosa en verano pero era maravillosa en aquellos aterdeceres de otoño... que ya nunca volverán.

Si no recuerdo mal, una de las canciones que escuchaba, mientras, era ésta:

And the very next day,
through the shrieks of the crowd
came your careless self
your oh-so-couldn't careless self.
And you just pass me by,
your friends catch my eyes
"we know you love her,
we saw you dancing with her shadow".
And I couldn't disagree...

I can Laugh about it Now (Black-Colin Vearncombe, 1989)


Los otoños de París


En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Octavio Paz

Estos días de frío, nubes y sol que por fin ya están aquí, me recuerdan siempre a mis dos otoños en París. La sensación del frescor en la cara, el olor a tierra mojada, el tenue ruido de la ciudad. Cargada con una mochila vacía, a la vuelta llena de libros y papeles, correteando de una estación de metro a otra, o esperando el autobús 21, si es que ese día se me terciaba, para disfrutar más la ciudad desde la Cité hasta Tuilleries. Sin horario fijo, sin un plan del todo decidido, con una tibia obligación.

Luego, sumergirme entre las estanterías, dejar pasar las horas muertas y al final, reconfortarse con el calor de la fotocopiadora. Decidir en el último momento dónde comer y en qué jardín pasar la sobremesa, dejando el tiempo correr, sin más compañía que yo misma y mi inseparable guía Acento. Viendo las hojas de otoño caer, con su multitud de tonalidades y disfrutando las lecturas que el azar hubiera puesto ese día en mis manos. Calando el espíritu de la ciudad, emborrachando la mirada, embebiéndome de su historia, saboreando la exquisitez de su loado encanto.

En días como hoy, en que sopla una ráfaga de viento mientras camino, en que caen las hojas de los árboles y unas cuantas gotas de lluvia humedecen la mejilla, hay que ver cuánto echo de menos mis otoños en París.