domingo, 24 de enero de 2010

Tierra de luz




Vos seáis la bienvenida


El Santuario de la Vera Cruz es un inmenso relicario en piedra y una poderosa atalaya desde la que se domina y controla el territorio. El cerro sobre el que se levanta fue a la vez defensa de la frontera y lugar de reposo de la divinidad que escogió en los días inciertos de la Reconquista este lugar para mostrar su alianza con la causa cristiana, colaborando con su presencia a fortalecer el poder mágico de la montaña.
Cuando el peregrino se acerca a Caravaca percibe desde la lejanía la silueta poderosa del castillo y la forma con que sus almenas envuelven aquel joyel de piedra, para proteger con sus erizadas cresterías el Lignum Crucis venido del cielo y a la ciudad plácidamente extendida por las laderas del monte. La alcazaba escribió la historia de dos ciudades como la vieja Atenas. La ciudad alta, separada por una vigorosa cintura de piedra, otea el horizonte y, con su mirada vigilante, garantiza la seguridad a la otra, confiadamente expandida a la sombra de los muros.
Esa relación convierte las estrechas y empinadas callejuelas de conexión entre ambos núcleos en itinerario de empinadas y tortuosas calles, trazadas en la falda de la montaña como si siempre hubieran rendido perpetuo tributo a la reliquia. Por ellas, el peregrino asciende fatigosamente tras haber orado bajo el cobijo de las altas bóvedas de El Salvador, suspendida su mirada de las ingeniosas geometrías que cubren la iglesia nunca acabada. El perfil de la fortaleza crece a medida que su proximidad la convierte en bastión inexpugnable de torres y tránsitos que van a morir ante los muros del relicario trazado por Fray Alberto de la Madre de Dios. Los colores de la construcción son un poderoso atractivo que excita la imaginación, desde la tonalidad terrosa de los sillares hasta la policromía de la fachada, singular canto a la Cruz, venerada en una oscura capilla, cuyas conmovedoras sombras acrecientan el enigma de su origen y esconden los secretos de su misteriosa llegada.
Cristóbal Belda Navarro, Caravaca, tierra de luz (2009).


Estas palabras expresan muy bien uno de mis rituales favoritos con los que he cumplido cada vez que he tenido la suerte de visitar esa mágica ciudad. Y hace ya unos cuantos que la visité por vez primera aunque no sé precisar si fue con mis padres o con el colegio. Un ritual que consiste en subir la montaña con sus empinadas cuestas anhelando el encuentro con algo misterioso que se encuentra al final del camino. Siempre asocié Caravaca a la cruz, a las yemas y a mi propio nombre, pues probablemente de allí viene. Las palabras citadas pertenecen al libro Caravaca, tierra de luz, publicado con ocasión del año jubilar que en este 2010 se celebra.
Es uno de los regalos que más me han gustado de esta pasada Navidad. Está magníficamente editado gracias al cuidado y elaborado diseño de Paloma Zamora. Los textos pertenecen al maestro, Cristóbal Belda, las acuarelas, impresionantes, son de Martínez Mengual y las fotos de Hernández Pina, Joaquín Zamora y de la misma Paloma, que también ha seleccionado los poemas que acompañan las imágenes. Ya he dicho alguna vez por aquí lo que me gustan los libros de la editorial Darana. Son auténticas joyas de la edición y una siempre los guarda con mimo en la destartalada biblioteca. Cada uno tiene personalidad propia y cuando los abres te hablan, con su armoniosa distribución de imágenes, palabras y colores. Una siempre se sumerge en ellos con placer sabiendo que nunca te van a defraudar. Son una experiencia única y aunque su nombre no se incluya el alma de Carlos Moisés se respira igualmente aquí. Felicidades Paloma porque vuelas sola... vuelas muy alto y vuelas sensacionalmente bien. Y sobre todo gracias, gracias mil.

2 comentarios:

paloma zamora dijo...

Gracias a ti María Teresa por tus siempre amables palabras. He contado con colaboradores inmejorables responsables indiscutibles del resultado del libro.
Espero que la vida me siga dando la oportunidad de hacer lo que tanto me gusta. Disfrutar de mi tierra y reflejar la belleza que derrocha sobre las páginas de un libro.

Ni está, ni se le espera dijo...

Uno de los sitios a los que siempre he querido ir ha sido Caravaca de la Cruz. En el anterior año santo a punto estuve de ir. Me temo, que este año tampoco podrá ser. Cada vez tengo más cosas pendientes en Murcia ;-)
Por cierto, sólo la portada del libro merece la pena