Me encuentro estos días releyendo ese gran novelón y esa gran joya de la literatura norteamericana que es Lo que el viento se llevó (premio Pulitzer en 1937). Para mí, esta única novela de Margarett Mitchell no tiene nada que desmerecer frente las consideradas como grandes obras de la literatura de esta nación. Le prometí a Athena una reseña pero creo que finalmente dejaré mejor esta entrada en la Wunderkammer porque me da mucho respeto hacer crítica de hitos literarios. Porque éste sencillamente lo es... aunque haya sido tachado de novela rosa. Al final creo que el tiempo siempre coloca las cosas en su lugar y tras los ochenta años que han pasado tras su escritura, seguro que son pocos ya los que dudan en afirmar que ésta es una de las grandes novelas históricas de todos los tiempos. Al menos yo así lo creo.
En mi familia siempre se dijo de la película: "es un peliculón". Fue siempre la favorita de mis abuelos y no me extraña nada. Miro la fotografía de ellos en su juventud y son como una trasposición. Ellos formaron parte de la generación que vivió la Guerra Civil española, la que vivió episodios muy parecidos a los que se cuentan en esta gran película/novela. No es de extrañar que fuese la película por excelencia de aquellos que vivieron su noviazgo en la guerra o inmediatamente después, en aquellos duros años de la década de los cuarenta. Allí están presentes la pasión, el odio, la miseria, el hambre, la pena, la historia, la política, el amor y el desamor.
Si la película es un películón con la novela ocurre exactamente lo mismo, "es un novelón". Y entre ambas hay una simbiosis como pocas veces me he topado: no se podría haber hecho mejor adaptación cinematográfica. Uno va leyendo pasaje tras pasaje y surgen los mismos escenarios, las mismas caras, el mismo espíritu. No me extraña que desde el principio no se dudara de que Rhett Butler tenía que ser interpretado por Clark Gable o que se tardara tanto en encontrar a la verdadera Scarlett O'Hara. Y es que nadie podría haberlo hecho mejor que Vivan Leigh. Puede que el personaje de Melanie Hamilton Wilkes hubiera requerido de una actriz más bajita y enquencle que Olivia de Havilland, aunque su cara es perfecta... o que Ashley Wilkes hubiese sido interpretado por un actor más joven e incluso más apuesto que Leslie Howard. Pero lo cierto y verdad es que Ashley es un personaje que envejece súbitamente y en realidad tampoco podría imaginarme a otro actor interpretándolo.
Pero vayamos a la novela, un gran drama histórico, cuyo título original era El antiguo Sur, con unos personajes excelentemente bien definidos, llenos de contrastes y de fuerza, en unos escenarios magníficamente descritos, con unos tintes de historia bien pincelados. Todo un canto a un estilo de vida, a una forma de pensamiento un tanto decadente, todavía presente cuando la Mitchell, que había nacido en Atlanta en 1900, escribió su novela. Y ello en contraste con esos nuevos tiempos que llegaban desde ese Norte mucho más industrializado y burgués. Una de las licencias que se permite la película frente a la historia original, es no incluir a los dos hijos que tiene Escarlata con sus dos primeros maridos: Wade Hampton Hamilton, compañero de juegos del pequeño Beau Wilkes, hijo de ese primer marido con el que se casa la protagonista (el hermano de Mellanie) para estar más cerca de su amado y con el que sólo convivirá unas escasas dos semanas, así como Ella Kennedy, la hija que tiene con su segundo marido, el que le roba a su hermana. Pero tampoco hubiera pasado nada si los niños hubieran estado presentes en la película, por ejemplo, Wade debería haber estado junto con los protagonistas en la carreta en la famosa huida del asedio de Atlanta. Y los pasajes en los que se ve la estupenda relación que tiene Rhett Butler con sus hijos adoptivos son una delicia. Así que lo veo algo imperdonable aunque ello no reste veracidad a la película.
A pesar de las más de mil páginas, su lectura nunca se hace pesada, todo lo contrario de las dos secuelas escritas en la actualidad. Las descripciones son magníficas: la apacible Tara, la decadente Atlanta, la bulliciosa Nueva Orleáns. Es todo un retrato de costumbres y se podría hacer (se habrá hecho) todo un estudio de género con el pensamiento y las actitudes de la mujer ante la guerra, la política, la familia, en resumen, la vida. Me sigue fascinando el personaje de Scarlett O'Hara, un mujer nada corriente en aquella época, con ideas propias y con objetivos muy claros, que sobrevive en el cruel mundo de la guerra y de la posguerra, en el de los negocios, reservado exclusivamente a los hombres, en el de las apariencias y la estricta cortesía del decadente Sur. Rhett Butler es la pareja perfecta para Scarlett... pero cuando ella cae en la cuenta ya es demasiado tarde.
Siempre me encanta imaginar una segunda parte, como a casi todo el mundo. A pesar del último diálogo de la novela en que Rhett le confiesa a Scarlett que ya no la quiere, tremebundo, en el que nunca puedo evitar que me caigan la mar de lagrimones cuando lo leo, y en el que claramente vemos que la relación es del todo irrecuperable, el lector, como Scarlett, no deja de leer entre líneas, por si queda algún atisbo de esperanza. Una sufre y se compadece de la pobre protagonista, siempre práctica, siempre resolutiva, cobarde como la tacha Rhett pero a la vez valerosa y optimista, con la famosa frase que es como una mantra durante toda la novela: "pero ya lo pensaré mañana, mañana será otro día, mañana...".Y Tara, siempre Tara, como ese lugar casi paradisiaco que es el bálsamo al que siempre acude la indomable mujer de sangre irlandesa para curar las heridas de su espíritu inquebrantable.
No me gusta nada la continuación que imaginó Alexandra Ripley, demasiado rocambolesco. Se supone que Scarlett persigue a Rhett hasta Charleston y luego la mitad de la novela se la pasa en Irlanda con la hija que vuelve a engendrar con él... un pestiño sin pies ni cabeza. Es mucho mejor la novela de Donald McCaig, en la que imagina que Rhett vuelve a Tara al tiempo de viajar por el mundo para tratar de superar su profunda depresión, para ayudar a su familia en apuros, con su hermana Rosemary y su sobrino incluidos. Casi toda su novela cuenta la vida del personaje de Rhett desde su infancia, así como el de la prostituta Belle Watling, siendo ambos junto con Rosemary, los verdaderos protagonistas de la novela. McCaig sabe aprovechar muy bien esos periodos de tiempo en los que Rhett desaparece en historia de Mitchell e incluso le saca partido a ese niño (¿hijo?) al que se alude en la novela original, que vive en una escuela de Nueva Orléans y que está presente en las vidas tanto de Rhett como de Belle Watling (¿sus padres?). Una curiosa historia que se deja muy pero que muy tímidamente entrever y con la que McCaig teje una posible historia paralela bien trabada. Pero para mi gusto le falta la pasión de la novela original, aunque también hay que tener en cuenta que ya no la conocemos a través de la peculiar mirada de Scarlett.
Y seguiría hablando de esta novela/película. Pero ya me he alargado demasiado... así que, sin duda, y a ser posible, seguiré otro día.
Incluyo una foto de mis abuelos maternos, espero que a mi familia no le importe. Pero es que me acuerdo tanto de ellos cuando leo/veo la historia y además, eran tan apuestos... La foto es de su boda, de 1945. Mi abuela iba de luto porque acababa de morir su hermana. Una tragedia más producto de aquella cruenta guerra que acabó en 1939, cuando se rodó Lo que el viento se llevó.