"Un montón de ruinas es todo lo que hoy queda de la ciudad (...) Si un viajero hubiera querido deleitarse con la vista que se disfrutaba desde el promontorio, le hubiera bastado asomarse a la muralla y, dejando la ciudad a su espalda, contemplar toda la bahía Nápoles, tan encantadora entonces como hoy. Hubiera podido contemplar una playa incomparable, el cono humeante, el cielo y las olas de un azul intenso profundo y, allá abajo, Ischia y Capri. De la una a la otra, hubiera llevado sus miradas a través de la límpida atmósfera, hasta que al fin, cansadas de tanto esplendor, porque también la vista se fatiga de lo bello, como el paladar de lo dulce, se habrían detenido en un espectáculo que al viajero de nuestros días no le es dable disfrutar: la mitad de la armada romana, anclada o de prácticas en el puerto".