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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Pequeño pastor


Las manos nudosas y encallecidas todavía creaban maravillas. Don Jesualdo pedía figurillas para su Belén y Salzillo las realizaba a ratos, aprovechando los momentos en que descansaba y todavía había un poco de luz. 
"Este trozo de madera que quedó de los Azotes servirá". 
Y así, poco a poco, el escultor desprendía con la gubia y el mazo minúsculas virutas, alisando la superficie con la escofina, mientras iba apareciendo un pequeño pastor. 
"Será como San Pedro en el Prendimiento, anciano pero vigoroso y en vez de blandir la espada se quitará la montera, en señal de respeto". 
Y así seguía, acariciando el veteado leño, desprendiendo con los dedos algunas astillas que quedaban adheridas. 
"Las piernas han de ser fuertes, nervudas, como el torso, pero al caminar será preciso portar una vara, en vez de recoger la túnica", pensaba para sí. "Las manos son grandes, algo rudas, como las mías, pues al igual que a las del pescador, en ellas me diste la fuerza, por lo que yo te pido, querido Padre, que les sigas transmitiendo un poco, tan solo una pequeñísima parte de tu savia creadora". 
Transcurrían los segundos y algunos minutos después se concentró entonces en el rostro: "Sea el mío, pues". Con extrema delicadeza, con pequeños movimientos, aparecían los ojos de mirada penetrante, la nariz aguileña, la elegante forma de la barba y la expresión plena de respeto y de emoción, dando vida a la orgánica materia. En menos de una hora el pastor ya había surgido casi como un milagro a falta tan solo de darle policromía: "Las tintas han de ser planas, ocres, la carnación cuidada, algo tostada por la calidez del sol de esta bendita tierra". 
Terminada así la obrita, el ya afamado artista la contemplaba ladeando la cabeza mientras los pigmentos  levemente barnizados se secaban. Entretanto, proseguía con su oración: "Gracias, Niño Divino, por todo lo que me has dado, por ese gran privilegio de poder representarte y estar así a tu lado todos los días de mi vida. Te ofrezco mi obra a través de la cual otros te adorarán. Se acerca ya el final y muy pronto estaré contigo". 
Y el delicado pastor con el rostro de Salzillo allí quedó, al lado del Portal, junto a las pequeñas pero grandiosas esculturas que componen su famoso Belén y que sigue causando tanta admiración a todos los que lo contemplan.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Doce doce: 37



Hoy 12-12 al amanecer cumplo 37.

Viene de nuevo el arquero al trote anunciando el paso de otro año, recordando días de tartas y velas, de risas e ilusión. Siempre me gustó el doce de diciembre, el 3 y el 7, el 37… Un año más para agradecer tantas cosas, especialmente a los míos y a esa gran esperanza que me colma de besos y que me llena el corazón.

Me pregunto qué hago aquí y por qué construyo un museo personal. A veces tengo la sensación de compilar recuerdos para un epitafio. Pero y qué… si eso es inevitable. Así que aquí sigo, en constante proceso de búsqueda y de aprendizaje.

Y mientras una rememora, con la suficiente distancia ya, para ver en qué quedaron los sueños, se comparten pensamientos y vivencias y así una se siente un algo feliz aunque un poco vieja y a veces cansada. Y así pasa la vida, intentando que las malas noticias, esas que no se pueden comprender, no entristezcan más de la cuenta el alma.

Gracias a todos los que vivís conmigo este espacio, esta Wunderkammer inmaterial tan personal y banal. Pero que en el fondo es tan parte de mí.




Frank hubiese cumplido hoy 93. No sé dónde estará ahora. No sé si con la más guapa, aquella que, sin embargo, estuvo siempre tan sola. Esa que se pasea encima de una escoba por este espacio, siempre tan fantástica, tan radiante. Traigo aquí su inconfundible voz que dice Happy birthday to me junto con el inagualable My way.

(Regrets, I've had a few but then again, too few to mention / I did what I had to do and saw it through without exemption / I planned each charted course, each careful step along the byway / And more, much more than this, I did it my way).

martes, 25 de noviembre de 2008

Encadenada







El cansancio es tal que cuesta dar un paso. “Uno, dos, uno, dos, arrástrate como la serpiente que eres, izquierda, derecha, izquierda, derecha”. La gente camina rápido a tu alrededor, el ruido del tráfico acompaña al martilleo que hay dentro de tu cabeza. Cuánto cuesta mantener el equilibrio, ya ni siquiera tienes el mínimo control de tu vida. Se escapa, como un torbellino, cuando ya es demasiado tarde para hacer nada…

Él está sentado en el banco leyendo el periódico, esperando información, que es lo único que le importa… es incapaz de mirarte a los ojos. Te disculpas por la tardanza. Aunque sólo necesita saber si tienes novedad, tú también le preguntas cómo le va. Te cree de luna de miel, con resaca, en su mirada hay ¿odio, indiferencia? Para él no significas nada eres sólo parte de un trabajo más.

La cabeza se te va, la luz te molesta… Recuerda, no puedes dormirte, necesitas tener los ojos bien abiertos, bien abiertos… Es mi único fin ahora, si antes no acaba todo… y en realidad ya que más me da…

Le devuelves el pañuelo, el de aquella noche en que lo conociste, el que quedó atado a tu cintura. Y, en realidad, para qué, si siempre seguirás estando encadenada. Te mira con sorpresa, segundos de tensión ¿desvela ahora algo esa mirada? ¿Sigue habiendo frialdad, recelo o todavía queda algo de aquella calidez, la llama de un recuerdo? ¿El cinismo y la indiferencia es a causa de los celos, de la traición? No, no… No puede haber nada pues nada mereces.

Tengo que levantarme… Adiós, qué quieres decir con adiós…. Nada, sólo adiós… De pie, un mareo… Siéntate, estás todavía cansada… No, no quiero…. ¿Adónde vas? De vuelta, a “casa”…


Alfred Hitchcock, Notorius, 1946.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Rememorando un instante




Hablando el otro día de un insólito y precioso arco iris de otoño decía que a veces uno quisiera captar ese instante fugaz en el que se vive una sensación única. Capturarlo a partir de una imagen, lo cual no siempre es posible. Por ello buceo en esa gran memoria visual que es la red de redes para ver si encuentro una imagen que rememore uno de mis recuerdos favoritos de la ciudad de la luz. Pero no la puedo encontrar igual.

La segunda vez que viví en París lo primero que hice fue montarme en el metro y parar en la estación de Tuilleries para poder volver a sentir el típico golpe de viento a la salida del subterráneo. Levanté la vista y saludé a la dorada estatua de Juana de Arco en la place des Pyramides, ante el telón del Hotel Regina, la rue de Rivoli y el Museo del Louvre, mientras el sol me abrazaba por la espalda en ese momento justo del atardecer. Algo que había hecho muchas tardes seis años atrás, en automático camino a un maravilloso centro de documentación donde cada día me sumergía, feliz, entre los libros de sus estanterías. En ese preciso momento volvía a rememorar todos esos golpes de viento, los saludos dorados, los abrazos de sol. Me embargó entonces una gran emoción.

A veces aparece como un rayo en mi memoria cuando me topo con París o cuando suenan las maniobras orquestales de unos tambores al galope, rítmicos y contundentes. Los de la Dama de Orleans.