En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!
Octavio Paz
Estos días de frío, nubes y sol que por fin ya están aquí, me recuerdan siempre a mis dos otoños en París. La sensación del frescor en la cara, el olor a tierra mojada, el tenue ruido de la ciudad. Cargada con una mochila vacía, a la vuelta llena de libros y papeles, correteando de una estación de metro a otra, o esperando el autobús 21, si es que ese día se me terciaba, para disfrutar más la ciudad desde la Cité hasta Tuilleries. Sin horario fijo, sin un plan del todo decidido, con una tibia obligación.
Luego, sumergirme entre las estanterías, dejar pasar las horas muertas y al final, reconfortarse con el calor de la fotocopiadora. Decidir en el último momento dónde comer y en qué jardín pasar la sobremesa, dejando el tiempo correr, sin más compañía que yo misma y mi inseparable guía Acento. Viendo las hojas de otoño caer, con su multitud de tonalidades y disfrutando las lecturas que el azar hubiera puesto ese día en mis manos. Calando el espíritu de la ciudad, emborrachando la mirada, embebiéndome de su historia, saboreando la exquisitez de su loado encanto.
En días como hoy, en que sopla una ráfaga de viento mientras camino, en que caen las hojas de los árboles y unas cuantas gotas de lluvia humedecen la mejilla, hay que ver cuánto echo de menos mis otoños en París.




