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viernes, 4 de diciembre de 2009

Los otoños de París


En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Octavio Paz

Estos días de frío, nubes y sol que por fin ya están aquí, me recuerdan siempre a mis dos otoños en París. La sensación del frescor en la cara, el olor a tierra mojada, el tenue ruido de la ciudad. Cargada con una mochila vacía, a la vuelta llena de libros y papeles, correteando de una estación de metro a otra, o esperando el autobús 21, si es que ese día se me terciaba, para disfrutar más la ciudad desde la Cité hasta Tuilleries. Sin horario fijo, sin un plan del todo decidido, con una tibia obligación.

Luego, sumergirme entre las estanterías, dejar pasar las horas muertas y al final, reconfortarse con el calor de la fotocopiadora. Decidir en el último momento dónde comer y en qué jardín pasar la sobremesa, dejando el tiempo correr, sin más compañía que yo misma y mi inseparable guía Acento. Viendo las hojas de otoño caer, con su multitud de tonalidades y disfrutando las lecturas que el azar hubiera puesto ese día en mis manos. Calando el espíritu de la ciudad, emborrachando la mirada, embebiéndome de su historia, saboreando la exquisitez de su loado encanto.

En días como hoy, en que sopla una ráfaga de viento mientras camino, en que caen las hojas de los árboles y unas cuantas gotas de lluvia humedecen la mejilla, hay que ver cuánto echo de menos mis otoños en París.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Rememorando un instante




Hablando el otro día de un insólito y precioso arco iris de otoño decía que a veces uno quisiera captar ese instante fugaz en el que se vive una sensación única. Capturarlo a partir de una imagen, lo cual no siempre es posible. Por ello buceo en esa gran memoria visual que es la red de redes para ver si encuentro una imagen que rememore uno de mis recuerdos favoritos de la ciudad de la luz. Pero no la puedo encontrar igual.

La segunda vez que viví en París lo primero que hice fue montarme en el metro y parar en la estación de Tuilleries para poder volver a sentir el típico golpe de viento a la salida del subterráneo. Levanté la vista y saludé a la dorada estatua de Juana de Arco en la place des Pyramides, ante el telón del Hotel Regina, la rue de Rivoli y el Museo del Louvre, mientras el sol me abrazaba por la espalda en ese momento justo del atardecer. Algo que había hecho muchas tardes seis años atrás, en automático camino a un maravilloso centro de documentación donde cada día me sumergía, feliz, entre los libros de sus estanterías. En ese preciso momento volvía a rememorar todos esos golpes de viento, los saludos dorados, los abrazos de sol. Me embargó entonces una gran emoción.

A veces aparece como un rayo en mi memoria cuando me topo con París o cuando suenan las maniobras orquestales de unos tambores al galope, rítmicos y contundentes. Los de la Dama de Orleans.