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miércoles, 1 de enero de 2014

TIP TIP







Despiértalas,
con contactos saltarines
de dedos rápidos, leves,
como a músicas antiguas.


Pedro Salinas, "Underwood girls", Fábula y signo (1931)

domingo, 29 de diciembre de 2013

Come, Lucia


Cómo te habría encantado, el Cabo Norte… los fiordos y el sol de medianoche.
Navegar entre los arrecifes en Barbados donde el agua azul se torna verde.

¡A las Malvinas, donde los vientos del sur cubren de espuma el mar!

Lo que nos hemos perdido, Lucia.
Lo que nos hemos perdido los dos.
Adiós… querida mía.


El fantasma y la señora Muir (Ghost and Mrs. Muir, Joseph L. Mankiewicz, 1947)

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Maletas contrareloj



Otras veces las maletas simbolizan el deseo eterno del viaje, la excitación del trasiego, la huida del yo y el ansia por la acumulación de nuevas experiencias. Y sobre todo el miedo a la rutina, a estancarse y ver pasar el tiempo y no ganarle tú la partida a él, viviendo a contrareloj, en un constante ir de acá para acullá. Sin ataduras, sin compromisos de ningún tipo. 
Son maletas vacías sin carga material y emocional que esperan llenarse en ese perenne vaivén para volver a vaciarse y llenarse poco después.
Es lo que le ocurre al eterno viajero de "Up in the Air", "Ryan" Bingham o incluso a la mujer de la que se termina enamorando, Alex Goran. También es el caso del personaje interpretado por Gary Cooper en "Love in the Afternoon", el multimillonario y algo caduco conquistador Frank Flannagan.

Ariane (Love in the Afternoon, Billy Wilder, 1957)

lunes, 31 de octubre de 2011

La bruja de la impecable melena

No me gusta Halloween...
Ni las brujas, ni las historias de terror...
Pero siempre me gustó el cine clásico... 
Y la melena de Veronica Lake.

Me casé con una bruja (I Married a Witch, René Clair, 1942)

domingo, 30 de octubre de 2011

Venezia en Senso

"Venecia, donde nunca había estado y que tanto había deseado ver, me hablaba más a los sentidos que al alma: sus monumentos, cuya historia no conocía y cuya belleza no entendía, me importaban menos que el agua verde, que el cielo estrellado, que la luna plateada, que los atardeceres dorados y sobre todo menos que la góndola negra en la que, tendida, me abandonaba a los más voluptuosos caprichos de la imaginación. En los arduos calores de julio, al final de un día de fuego, una brisa fresca me acariciaba la frente mientras iba en barca entre la Piazzetta y la isla de Santa Elena, o más lejos, hacia Santa Isabel y San Nicolò del Lido; aquel céfiro impregnado del acre aroma salobre que me reanimaba los miembros y el espíritu, parecía susurrar a mis oídos los férvidos misterios del verdadero amor. Metía el brazo desnudo en el agua hasta el codo, mojando la puntilla que adornaba la manga corta; luego miraba cómo me caían una a una las gotas de las uñas y parecían brillantes purísimos. Una tarde me quité el anillo, regalo de mi marido, en el que brillaba un gran diamante y lo tiré a la laguna, lejos de la barca: era como si me hubiera casado con el mar."
Senso (Camillo Boito, 1882)

Senso de Luchino Visconti (1954), trailler original en italiano. Las escenas venecianas aquí.

domingo, 16 de octubre de 2011

Las huellas de lo ausente

"El estilo de Ozu es de una parquedad extrema (...). La extrema reducción de los motivos de su cine hacen pensar, también, en el trabajo del arquitecto Heinrich Tessenow, con quien Ozu comparte el aprecio por una concepción artesanal del arte y del mundo, así como una inclinación por un estilo pausado, desnudo y ritual.
En realidad, lo que acerca entre sí a artistas culturalmente tan distantes como Tessenow, Morandi y Ozu es, ante todo, su condición solitaria y apartada, su estar al margen de las modas y las corrientes dominantes, su insistencia en repetir una y otra vez los mismos elementos, haciendo crecer su obra no tanto en extensión cuanto en profundidad. En todos ellos, tras unas formas que pueden parecer inocuas, se esconde una mirada perturbadora y corrosiva. La actitud despojada de Ozu, su radical inactualidad, da como resultado un cine terso, palpitante, que alcanza una absoluta serenidad y transparencia. Viene a la mente la frase que Paul Valéry escribió en una carta dirigida a F. Brunot: "Hace falta más espíritu para prescindir de una palabra que para emplearla"(...)
A través de los planos vacíos, Ozu crea entre el espectador y el relato un nexo ajeno a la dramaturgia, un elemento neutro en apariencia, capaz de provocar, a la vez, distancia e intimidad. Con este procedimiento elíptico, se evocan situaciones o aspectos que no se muestran explícitamente, o se subraya la importancia de lo que no se dice, de lo que no acontece. De este modo se revelan las huellas de lo ausente. Lo curioso es que el cine de Ozu pretende estar ceñido a la crónica de lo cotidiano, ateniéndose estrictamente a los aspectos inmanentes de la realidad, a lo que podríamos denominar la prosa del mundo. (...)
El inventario de lo cotidiano se convierte, entonces, en una invocación espiritual."
Carlos Martí Arís, Silencios elocuentes (2002)

Yasujiro Ozu (12 de diciembre de 1903-12 de diciembre de 1963), Banshun (Primavera Tardía, 1949)

jueves, 6 de octubre de 2011

Berlín, fantasía urbana

Berlín, sinfonía de una gran ciudad de Walter Ruttmann (1927). 
Todo un placer poder verla en la Neue Nationalgalerie este verano.
“Sinfonías en las que la metrópoli imponía su ritmo, su fascinante trazado y daba cobijo a la muchedumbre hormigueante, la masa, una de las acuciantes preocupaciones de los filósofos de la época (…) la ciudad se convertía en una auténtica cadena de montaje, de velocidad, y la música sinfónica garantizaba un estilo de orquestación que afinara los distintos instrumentos en su diapasón” (Vicente Sánchez-Biosca)

sábado, 1 de octubre de 2011

La carta

Se interrumpió, jadeante. Una mezcla inaudita de crueldad, rabia y dolor desfiguraba su rostro, que no parecía humano. ¡Quién podía imaginarse que una mujer tan serena, tranquila y refinada fuese capaz de una pasión así! Mr. Joyce retrocedió un paso. Atónito, se la quedó mirando. Aquello no era un semblante, sino una máscara odiosa. Oyeron una voz que llamaba desde otra habitación, una voz fuerte, alegre y amiga. Era Mrs. Joyce. 
- Ven Leslie... Ya está preparada tu habitación. Debes de estar muriéndote de sueño.
Las facciones de Mrs. Crosbie fueron serenándose poco a poco. Las pasiones que se retrataban tan claramente en su rostro se desvanecieron como se estira un papel arrugado, y al cabo de unos instantes su rostro ofrecía la franca y serena expresión de siempre. Estaba un poco pálida, pero sus labios se curvaban con una afable y atrayente sonrisa. Era una vez más la mujer distinguida y bien educada de siempre.
- Ya voy, Dorothy querida. No sabes cuánto siento molestarte de esta manera.
Fin
La carta (William Somerset Maugham, 1929)

Aquí abajo dos interpretaciones. Fantástica la de Jeanne Eagels, nominada al Oscar aquel año con carácter póstumo. Murió a los treinta y nueve años por una sobredosis de heroína. Su foto, que da inicio a la entrada, fue tomada en 1921. En 1957 Georges Sidney dirigió una película basada en su vida protagonizada por Kim Novak.
La Carta (1929, Jean de Limur)

La carta (1940, William Wyler)

viernes, 31 de diciembre de 2010

Hacia capo d'anno... cocinando

Como ya viene siendo tradicional en los últimos años nos toca cocinar en Nochevieja. Y entre canapé y canapé y los mejunjes y revoltillos varios que acompañarán al asado, vamos valorando cómo ha sido el año que se va, que aunque no haya sido de matrícula tampoco es que haya estado nada mal. Así que vistámonos de rojo y dorado, comámonos las doce uvas de la suerte al son de las campanadas y Virgencita, Virgencita, que nos quedemos como estamos.
Clausuremos también el año 2010 en Wunderkammer como ya va siendo habitual: con un fragmento de cine que aluda a la cosa del cocinar, con un par de fotos de Shirley Temple y otras de Ava para no variar... y por mi parte ya solo me queda desear a todos los que os pasáis por aquí y a toda la gente que aunque por aquí no se pase hace que la vida sea mucho más fácil... ¡¡¡Feliz 2011!!!

Espero que la cena no me salga tan mal como el desayuno que le hace Katherine Hepburn a Spencer Tracy en la primera de las nueve películas que hicieron juntos (Woman of the Year, George Stevens, 1942).


domingo, 16 de mayo de 2010

Vivien y Laurence


Desde hace tiempo deseaba escribir sobre una pareja de cine muy carismática y de auténtica matrícula de honor. Sobre todo de ella, la gran Vivien Leigh (Vivian Mary Hartle, 1913-1967), una de las más grandes actrices de todos los tiempos. Una mujer difícil y muy maltratada por su salud, sobre todo la mental, pues siempre estuvo aquejada de depresión maníaca y trastornos bipolares. Además, en las últimas décadas de su vida padeció una tuberculosis severa que sería lo que aparentemente acabaría con su vida. Desgraciadamente, no fueron muchas las películas rodadas para la gran pantalla, a pesar de sus grandes dotes interpretativas y su elegante belleza. Consiguió dos merecidísimos óscars, por Lo que el viento se llevó y por Un tranvía llamado deseo. En ambas películas interpretó a mujeres sureñas, aunque ella era inglesa.
Nacida en la India y criada como una auténtica princesa, fue enviada a Inglaterra con seis añitos donde fue dejada en un colegio de monjas en el que pasó su infancia. Allí forjó amistad con un gato y con la que también sería actriz como ella, Maureen O'Sullivan... Tanto en esa escuela como antes en la India se despertó en ella un profundo amor por el teatro. Cuando su madre volvió a visitarla dieciocho meses más tarde, la llevó a ver una obra en Londres  y tanto le gustó que insistió en verla nada más y nada menos que ¡dieciséis veces! Se casó con diecinueve años con su primer marido -con el que tuvo a su única hija- porque se parecía a su actor favorito, Leslie Howard... En aquel entonces no sé si llegó a imaginar que algún día actuaría con él en una de las mejores producciones de Hollywood de todos los tiempos.
Cinco años más tarde quedó fascinada por Laurence Olivier (1907-1989), que por aquel entonces interpretaba a Romeo en los escenarios y que ya era el actor más famoso de Inglaterra, tanto en el teatro como en el cine. Ella consiguió un pequeño papel como dama de compañía de la reina de España en la película Fire over England (1937), donde el personaje interpretado por Olivier, que viajaba hasta Madrid enviado por la reina Isabel I, se enamoraba de la bella dama. El flechazo también ocurrió en la vida real... y durante veinte años no se separaron, aunque la relación fue siempre bastante tormentosa.
Laurence Olivier tuvo que ir a Hollywood en 1938 para interpretar el papel de Heathcliff en Cumbres Borrascosas y Vivien se marchó con él. Un año más tarde, ella, que acababa de leer el libro de Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó, insistió para conseguir el papel de Scarlett. Se reunieron con Myron Selznich, el hermano de David O. Selnick, la misma noche que se rodaba el famoso incendio de Atlanta. Por supuesto, se salió con la suya y a partir de aquel momento nació un auténtico mito. Ese mismo año él rodaba otro gran clásico de Hollywood, Rebeca (Alfred Hitchcock), donde interpretó uno de sus personajes más carismáticos, el enigmático Maxim de Winter.


Juntos rodaron dos películas más, 21 días (1940) y That Hamilton Woman (1940), una película de propaganda de guerra de la que hemos incluido un fragmento aquí. Pero la pasión por el teatro, especialmente de él, hizo que ambos se dedicaran los años siguientes a realizar giras por el mundo y que se establecieran en Londres, en el teatro propiedad de Olivier. Solamente hacían cine cuando necesitaban dinero.
La enfermedad mental de ella se agravó durante estos años, en los que sufríó varios abortos. Los momentos de profunda depresión se alternaban con los de exultante alegría y actividad. El matrimonio fue resintiéndose con el tiempo, hasta que en 1960 Lord Olivier se enamoró de la incombustible Joan Plowright. Se casó con ella, tuvieron tres hijos y estuvieron juntos hasta la muerte de él, en 1989. Vivien moriría en 1967 con cincuenta y tres años de edad, un nieto y un nuevo amor, el actor John Merivale. De su última película, El barco de los locos (Ship of Fools, Stanley Kramer, 1967), hemos incluido un fragmento, en la que, como no podía ser menos, está realmente fantástica. En él aparece bailando charleston y ¡fumando!

Según las crónicas de la época y las mismas memorias de Olivier, el actor, que estaba hospitalizado pues tenía problemas de próstata, fue corriendo a velar a su ex-mujer, y pidió quedarse con ella a solas para pedirse perdón "por todo el daño que se habían hecho". Él siempre declaró que la Leigh fue "el gran amor de su vida".

¡Qué gran mujer! En efecto, la vida con ella no debía ser fácil. Su hija nunca quiso hablar de su madre y siempre permaneció en el anonimato- la niña fue criada por su padre y su abuela. Vivien Leigh fue una de las mejores actrices, tanto del cine como del teatro. Laurence Olivier también, indudablemente, y nadie podría jamás olvidar aquellas cortas apariciones en grandes producciones que hiciera en su madurez, como el cónsul Craso en Espartaco. Pero aún así, yo me quedo con ella.


sábado, 17 de abril de 2010

La bebida en Encadenados


Así como los dos hombres de la película corresponden a los dos aspectos de los deseos de Hitchcock (el apasionado y el reprimido), las dos mujeres (Ingrid Bergman y Leopoldine Konstantine) funden y confunden los papeles de esposa y madre. (...) Esta confusión entre amor materno y amor erótico- brillantemente sugerida a través de la fusión de las sombras de madre e hijo contempladas desde la drogada visión de la Bergman- no es peculiar de Hitchcock, por supuesto; a menudo fue la catálisis para famosas transmutaciones literarias y artísticas. Lo que resulta tan llamativo de esta manifestación de la vida de Hitchcock en aquel momento, y en la película, es que ambas clases de amor estaban de hecho limitadas al anhelo, a la fantasía y a las no realizadas expectativas. (...)
Hitchcock sitúa e invierte irónicamente las fidelidades, confianzas, patriotismos en el sostenido motivo de la bebida: la importante fiesta del principio donde casi todos están borrachos ("Pues aún no hemos empezado a beber", anuncia la Bergman), y que conduce a la resaca de la mañana siguiente ("¡Bébalo!", ordena Grant, señalado el zumo de frutas. "¡Bébaselo de un trago!"); en las bebidas alcohólicas tomadas como un refugio al rechazo en la terraza del café y en el apartamento en Río; en las varias tazas de café envenenado; en el MacGuffin de la mina de uranio en las botellas de vino. Todas las bebidas carecen de valor y son finalmente peligrosas.




El propio Hitchcock finalizó la cuidada estructura del film: las primeras seis escenas son completamente la inversa de las últimas seis, y los más importantes hitos narrativos están señalados por tres progresivamente secretos y más íntimos besos. Y dentro de esa estructura fue mezclando sus torturados anhelos y conflictivos deseos -los lóbregos temores atormenatods por la muerte de amar y ser amado, el anhelo de la expiación, los resentimientos familiares, las aspiraciones perdidas y la amarga esperanza de una renovación- y los combinó en unas frases que escribió para la Bergman. En el avión que los lleva a Río (...):
"No veo por qué debería sentirme tan mal. Cuando hace años me dijo lo que era, todo se derrumbó para mí. No me preocupaba lo que pudiera ocurrirme. Pero ahora recuerdo lo cariñoso que era antes. Lo cariñosos que éramos los dos. Muy cariñosos. Es una sensación curiosa... como si me hubiera ocurrido algo a mí y no a él. Entienda, ahora ya que tengo que odiarle. U odiarme a mí misma".

Donald Spoto, Alfred Hitchcock: la cara oculta del genio (1983).

lunes, 1 de febrero de 2010

Felicidades, almirante Ford

 
He aquí la película que me hizo amar el cine. Orson Welles confesó haberla visto unas cuarenta veces antes de hacer Ciudadano Kane y está considerada una de las mejores películas de todos los tiempos. Es la primera que me hicieron estudiar, lo que supuso que a partir de entonces me acercara al cine con una mirada diferente... Una mirada mucho más apreciativa. Son muchas las películas de John Martin "Jack" Feeny (o Sean Aloysius O'Fearna, la versión gaélica que a él le gustaba utilizar), el gran John Ford, las que me fascinan. Pero ésta siempre será la primera de la lista. 
Pónganse cómodos en sus butacas, sientan como les brinca el corazón cuando suene la oscarizada banda sonora y, sobre todo, disfruten con la mejor road movie de todos los tiempos. ¡Feliz cumpleaños Almirante Ford!

John Ford (Stagecoach, La diligencia, 1939)

lunes, 25 de enero de 2010

Veinte años



Nos recuerda Antonio desde su bancalico que hace veinte años que murió Ava Gardner. Y cómo no, nos hacernos eco de ello en la Wunderkammer... Así que cuelgo dos fotografías para seguir acrecentando la colección de imágenes de aquella divina chica de Brogden, Carolina del Norte.

sábado, 2 de enero de 2010

Otra vez Lo que el viento se llevó

 

 
Me encuentro estos días releyendo ese gran novelón y esa gran joya de la literatura norteamericana que es Lo que el viento se llevó (premio Pulitzer en 1937). Para mí, esta única novela de Margarett Mitchell no tiene nada que desmerecer frente las consideradas como grandes obras de la literatura de esta nación. Le prometí a Athena una reseña pero creo que finalmente dejaré mejor esta entrada en la Wunderkammer porque me da mucho respeto hacer crítica de hitos literarios. Porque éste sencillamente lo es... aunque haya sido tachado de novela rosa. Al final creo que el tiempo siempre coloca las cosas en su lugar y tras los ochenta años que han pasado tras su escritura, seguro que son pocos ya los que dudan en afirmar que ésta es una de las grandes novelas históricas de todos los tiempos. Al menos yo así lo creo.

En mi familia siempre se dijo de la película: "es un peliculón". Fue siempre la favorita de mis abuelos y no me extraña nada. Miro la fotografía de ellos en su juventud y son como una trasposición. Ellos formaron parte de la generación que vivió la Guerra Civil española, la que vivió episodios muy parecidos a los que se cuentan en esta gran película/novela. No es de extrañar que fuese la película por excelencia de aquellos que vivieron su noviazgo en la guerra o inmediatamente después, en aquellos  duros años de la década de los cuarenta. Allí están presentes la pasión, el odio, la miseria, el hambre, la pena, la historia, la política, el amor y el desamor.

Si la película es un películón con la novela ocurre exactamente lo mismo, "es un novelón". Y entre ambas hay una simbiosis como pocas veces me he topado: no se podría haber hecho mejor adaptación cinematográfica. Uno va leyendo pasaje tras pasaje y surgen los mismos escenarios, las mismas caras, el mismo espíritu. No me extraña que desde el principio no se dudara de que Rhett Butler tenía que ser interpretado por Clark Gable o que se tardara tanto en encontrar a la verdadera Scarlett O'Hara. Y es que nadie podría haberlo hecho mejor que Vivan Leigh. Puede que el personaje de Melanie Hamilton Wilkes hubiera requerido de una actriz más bajita y enquencle que Olivia de Havilland, aunque su cara es perfecta... o que Ashley Wilkes hubiese sido interpretado por un actor más joven e incluso más apuesto que Leslie Howard. Pero lo cierto y verdad es que Ashley es un personaje que envejece súbitamente y en realidad tampoco podría imaginarme a otro actor interpretándolo.

Pero vayamos a la novela, un gran drama histórico, cuyo título original era El antiguo Sur, con unos personajes excelentemente bien definidos, llenos de contrastes y de fuerza, en unos escenarios magníficamente descritos, con unos tintes de historia bien pincelados. Todo un canto a un estilo de vida, a una forma de pensamiento un tanto decadente, todavía presente cuando la Mitchell, que había nacido en Atlanta en 1900, escribió su novela. Y ello en contraste con esos nuevos tiempos que llegaban desde ese Norte mucho más industrializado y burgués. Una de las licencias que se permite la película frente a la historia original, es no incluir a los dos hijos que tiene Escarlata con sus dos primeros maridos: Wade Hampton Hamilton, compañero de juegos del pequeño Beau Wilkes, hijo de ese primer marido con el que se casa la protagonista (el hermano de Mellanie) para estar más cerca de su amado y con el que sólo convivirá unas escasas dos semanas, así como Ella Kennedy, la hija que tiene con su segundo marido, el que le roba a su hermana. Pero tampoco hubiera pasado nada si los niños hubieran estado presentes en la película, por ejemplo, Wade debería haber estado junto con los protagonistas en la carreta en la famosa huida del asedio de Atlanta. Y los pasajes en los que se ve la estupenda relación que tiene Rhett Butler con sus hijos adoptivos son una delicia. Así que lo veo algo imperdonable aunque ello no reste veracidad a la película.

A pesar de las más de mil páginas, su lectura nunca se hace pesada, todo lo contrario de las dos secuelas escritas en la actualidad. Las descripciones son magníficas: la apacible Tara, la decadente Atlanta, la bulliciosa Nueva Orleáns. Es todo un retrato de costumbres y se podría hacer (se habrá hecho) todo un estudio de género con el pensamiento y las actitudes de la mujer ante la guerra, la política, la familia, en resumen, la vida. Me sigue fascinando el personaje de Scarlett O'Hara, un mujer nada corriente en aquella época, con ideas propias y con objetivos muy claros, que sobrevive en el cruel mundo de la guerra y de la posguerra, en el de los negocios, reservado exclusivamente a los hombres, en el de las apariencias y la estricta cortesía del decadente Sur. Rhett Butler es la pareja perfecta para Scarlett... pero cuando ella cae en la cuenta ya es demasiado tarde.

Siempre me encanta imaginar una segunda parte, como a casi todo el mundo. A pesar del último diálogo de la novela en que Rhett le confiesa a Scarlett que ya no la quiere, tremebundo, en el que nunca puedo evitar que me caigan la mar de lagrimones cuando lo leo, y en el que claramente vemos que la relación es del todo irrecuperable, el lector, como Scarlett, no deja de leer entre líneas, por si queda algún atisbo de esperanza. Una sufre y se compadece de la pobre protagonista,  siempre práctica, siempre resolutiva, cobarde como la tacha Rhett pero a la vez valerosa y optimista, con la famosa frase que es como una mantra durante toda la novela: "pero ya lo pensaré mañana, mañana será otro día, mañana...".Y Tara, siempre Tara, como ese lugar casi paradisiaco que es el bálsamo al que siempre acude la indomable mujer de sangre irlandesa para curar las heridas de su espíritu inquebrantable.

No me gusta nada la continuación que imaginó Alexandra Ripley, demasiado rocambolesco. Se supone que Scarlett persigue a Rhett hasta Charleston y luego la mitad de la novela se la pasa en Irlanda con la hija que vuelve a engendrar con él... un pestiño sin pies ni cabeza. Es mucho mejor la novela de Donald McCaig, en la que imagina que Rhett vuelve a Tara al tiempo de viajar por el mundo para tratar de superar su profunda depresión, para ayudar a su familia en apuros, con su hermana Rosemary y su sobrino incluidos. Casi toda su novela cuenta la vida del personaje de Rhett desde su infancia, así como el de la prostituta Belle Watling, siendo ambos junto con Rosemary, los verdaderos protagonistas de la novela. McCaig sabe aprovechar muy bien esos periodos de tiempo en los que Rhett desaparece en historia de Mitchell e incluso le saca partido a ese niño (¿hijo?) al que se alude en la novela original, que vive en una escuela de Nueva Orléans y que está presente en las vidas tanto de Rhett como de Belle Watling (¿sus padres?). Una curiosa historia que se deja muy  pero que muy tímidamente entrever y con la que McCaig teje una posible historia paralela bien trabada. Pero para mi gusto le falta la pasión de la novela original, aunque también hay que tener en cuenta que ya no la conocemos a través de la peculiar mirada de Scarlett.

Y seguiría hablando de esta novela/película. Pero ya me he alargado demasiado... así que, sin duda, y a ser posible, seguiré otro día.

Incluyo una foto de mis abuelos maternos, espero que a mi familia no le importe. Pero es que me acuerdo tanto de ellos cuando leo/veo la historia y además, eran tan apuestos... La foto es de su boda, de 1945. Mi abuela iba de luto porque acababa de morir su hermana. Una tragedia más producto de aquella cruenta guerra que acabó en 1939, cuando se rodó Lo que el viento se llevó.