Louise Brooks: "Eugene Richee used to take sixty shots in two hours.
We never said a word to each other. Perfect relationship".
El fotógrafo Eugene Robert Richee (1896-1972) trabajó para los estudios de la Paramount entre 1925 y 1935. Algunas de sus fotos más reconocidas son las que hizo a la actriz Louise Brooke.
Brenda Starr, reporter, fue un famoso cómic que inició su andadura en el año 1940. Su autora fue Dale Messick, que trabajó para el Chicago Tribune Syndicate. A pesar de su éxito y a causa de los muchos prejuicios que debió vencer por ser mujer, sus tiras cómicas no se publicaron diaramente en el Chicago Tribune, aunque sí en la edición dominical del famoso periódico. La intrépida periodista pelirroja, con un espectacular físico a lo Rita Hayworth, se hizo tan famosa que todavía en los años ochenta del siglo XX Messick seguía escribiendo las historietas, aunque fueran ya otras artistas las que las ilustraran. La última edición data de enero de este mismo año.
Yo la conocí por la película realizada en 1989 y protagonizada por dos de los actores que siempre y de forma fiel han participado en mis propias películas. Sí, sí, esas que yo imagino cada vez que leo un libro, especialmente cuando cae en mis manos una historia romántica que se preste a ello. Uno es Timothy Dalton, por aquel entonces en pleno auge de su carrera, gracias a su papel de James Bond en The Living Daylights (1987) y en Licencia para matar (1989). La otra es Brooke Shields, a la que yo tengo comparada con Monica Bellucci, en el sentido de ser dos grandes bellezas que no han hecho grandes películas y que han estado siempre desaprovechadas (más la primera que la segunda, claro).
Timothy Dalton hacía del enigmático Basil St. John, con un parche en el ojo que le daba esa apariencia tan sexy y Brooke de la atractiva pelirroja que recorre el mundo para escribir sus peculiares reportajes periodísticos. Siempre pensé que tenían mucha química pero puede que fuera porque era una pareja que yo llevaba tiempo imaginando en mi cabeza. Se cuchicheó por aquel entonces que también lo fueron en la vida real pero a la Shields siempre le supusieron relaciones de lo más inverosímiles, así que, a saber... (nada más hay que recordar a Georges Michael o a Michael Jackson... en fin...). Sea como fuere siempre han conformado una pareja de cine... aunque sea solo y exclusivamente para mí.
Gracias al gran director John Ford, los geniales John Wayne y Maureen O'Hara constituyen una de las parejas más carismáticas del cine clásico. Con él rodaron tres maravillosas películas: Río Grande (1950), El hombre tranquilo (1952) y Escrito bajo el sol (1957). Con posterioridad volverían a protagonizar dos títulos más, MacLintock (Andrew V. McLaglen, 1963) y El gran Jack (George Sherman, 1971). Se llevaban trece años y fueron grandes amigos toda la vida.
La irlandesa (Maureen Fitzsimons) es una de las actrices más bellas del cine clásico - en agosto cumplirá noventa años -. Su madre era cantante de ópera y ella misma y sus hermanos también lo fueron, aunque la joven Maureen prefería la actuación. Fue descubierta por Charles Laughton en un casting, que quedó cautivado por sus bellos ojos. Su primera película fue La posada de Jamaica, de Hitchcock (1939) y todos la recordamos como la Esmeralda del Jorobado de Notre Dame o secuestrada por el pirata Morgan en El Cisne Negro, como la princesa Tanya de Los hermanos Barbarroja o como la atractiva madre de Yo a Boston y tú a California.
En 1979 declaró: "He tenido el privilegio de conocer a tres grandes hombres en mi vida: a mi padre, a John Wayne y a Charles Blair". Este último fue su tercer marido, un famoso aviador, con el que se casó en 1968. Y bueno... qué decir de ese gran hombre, el "Duke" John Wayne (1907, Winterset, Iowa-1979, Durango, México). Mejor seguir quedándonos con las palabras que también le dedicó la O'Hara: "Hablando como actriz, desearía que todos los actores fueran como Duke y como persona sería estupendo si todo el mundo pudiera ser tan honesto y genuino como lo es él. Es un hombre de verdad".
Por desgracia el mejor vídeo que he encontrado en Youtube que muestra la magia que había entre ellos dos no se puede insertar pero lo pueden ver aquí. El que pongo a continuación no está mal... aunque mejor escucharlo sin la edulcorada banda sonora de fondo.
Desde hace tiempo deseaba escribir sobre una pareja de cine muy carismática y de auténtica matrícula de honor. Sobre todo de ella, la gran Vivien Leigh (Vivian Mary Hartle, 1913-1967), una de las más grandes actrices de todos los tiempos. Una mujer difícil y muy maltratada por su salud, sobre todo la mental, pues siempre estuvo aquejada de depresión maníaca y trastornos bipolares. Además, en las últimas décadas de su vida padeció una tuberculosis severa que sería lo que aparentemente acabaría con su vida. Desgraciadamente, no fueron muchas las películas rodadas para la gran pantalla, a pesar de sus grandes dotes interpretativas y su elegante belleza. Consiguió dos merecidísimos óscars, por Lo que el viento se llevó y por Un tranvía llamado deseo. En ambas películas interpretó a mujeres sureñas, aunque ella era inglesa.
Nacida en la India y criada como una auténtica princesa, fue enviada a Inglaterra con seis añitos donde fue dejada en un colegio de monjas en el que pasó su infancia. Allí forjó amistad con un gato y con la que también sería actriz como ella, Maureen O'Sullivan... Tanto en esa escuela como antes en la India se despertó en ella un profundo amor por el teatro. Cuando su madre volvió a visitarla dieciocho meses más tarde, la llevó a ver una obra en Londres y tanto le gustó que insistió en verla nada más y nada menos que ¡dieciséis veces! Se casó con diecinueve años con su primer marido -con el que tuvo a su única hija- porque se parecía a su actor favorito, Leslie Howard... En aquel entonces no sé si llegó a imaginar que algún día actuaría con él en una de las mejores producciones de Hollywood de todos los tiempos.
Cinco años más tarde quedó fascinada por Laurence Olivier (1907-1989), que por aquel entonces interpretaba a Romeo en los escenarios y que ya era el actor más famoso de Inglaterra, tanto en el teatro como en el cine. Ella consiguió un pequeño papel como dama de compañía de la reina de España en la película Fire over England (1937), donde el personaje interpretado por Olivier, que viajaba hasta Madrid enviado por la reina Isabel I, se enamoraba de la bella dama. El flechazo también ocurrió en la vida real... y durante veinte años no se separaron, aunque la relación fue siempre bastante tormentosa.
Laurence Olivier tuvo que ir a Hollywood en 1938 para interpretar el papel de Heathcliff en Cumbres Borrascosas y Vivien se marchó con él. Un año más tarde, ella, que acababa de leer el libro de Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó, insistió para conseguir el papel de Scarlett. Se reunieron con Myron Selznich, el hermano de David O. Selnick, la misma noche que se rodaba el famoso incendio de Atlanta. Por supuesto, se salió con la suya y a partir de aquel momento nació un auténtico mito. Ese mismo año él rodaba otro gran clásico de Hollywood, Rebeca (Alfred Hitchcock), donde interpretó uno de sus personajes más carismáticos, el enigmático Maxim de Winter.
Juntos rodaron dos películas más, 21 días (1940) y That Hamilton Woman (1940), una película de propaganda de guerra de la que hemos incluido un fragmento aquí. Pero la pasión por el teatro, especialmente de él, hizo que ambos se dedicaran los años siguientes a realizar giras por el mundo y que se establecieran en Londres, en el teatro propiedad de Olivier. Solamente hacían cine cuando necesitaban dinero.
La enfermedad mental de ella se agravó durante estos años, en los que sufríó varios abortos. Los momentos de profunda depresión se alternaban con los de exultante alegría y actividad. El matrimonio fue resintiéndose con el tiempo, hasta que en 1960 Lord Olivier se enamoró de la incombustible Joan Plowright. Se casó con ella, tuvieron tres hijos y estuvieron juntos hasta la muerte de él, en 1989. Vivien moriría en 1967 con cincuenta y tres años de edad, un nieto y un nuevo amor, el actor John Merivale. De su última película, El barco de los locos (Ship of Fools, Stanley Kramer, 1967), hemos incluido un fragmento, en la que, como no podía ser menos, está realmente fantástica. En él aparece bailando charleston y ¡fumando!
Según las crónicas de la época y las mismas memorias de Olivier, el actor, que estaba hospitalizado pues tenía problemas de próstata, fue corriendo a velar a su ex-mujer, y pidió quedarse con ella a solas para pedirse perdón "por todo el daño que se habían hecho". Él siempre declaró que la Leigh fue "el gran amor de su vida".
¡Qué gran mujer! En efecto, la vida con ella no debía ser fácil. Su hija nunca quiso hablar de su madre y siempre permaneció en el anonimato- la niña fue criada por su padre y su abuela. Vivien Leigh fue una de las mejores actrices, tanto del cine como del teatro. Laurence Olivier también, indudablemente, y nadie podría jamás olvidar aquellas cortas apariciones en grandes producciones que hiciera en su madurez, como el cónsul Craso en Espartaco. Pero aún así, yo me quedo con ella.
Tres años de matrimonio abortados por un desgraciado accidente de avión que acabó con la vida de ella en 1942. Eran la pareja más famosa de Hollywood aunque solamente rodaron juntos una película, No Man of her Own (1932). Su relación comenzó unos años más tarde pero es indudable que la química ya estaba ahí. Dicen las crónicas que se enamoraron en una fiesta en la que el anfitrión pidió a sus invitados que fueran con algo blanco. La Lombard llegó en ambulancia e hizo su entrada triunfal en la fiesta encima de una camilla... y Gable se dio cuenta de que allí estaba su media naranja. Puede que aquello fuera un símbolo de su trágico destino.
La película fue dirigida por Wesley Ruggles y fue estrenada en Nueva York un 15 de diciembre de 1932, diez años antes de la muerte de esta gran actriz a la que todos recordamos en su papel protagonisa en ese gran películón que Ernst Lubitsch rodara el año en que Carol murió, Ser o No Ser (1942). Pero sigamos con la película de Ruggles que si no corro el peligro de desviarme del tema, pues la de Lubitsch es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Pues eso, que en "No era hombre de su propiedad" - que así podríamos traducir... una frase con mal fario si nos atenemos a lo que finalmente pasó- ella hacía de bibliotecaria y él de un bribón jugador. La más famosa escena que rodaran juntos es la que enlazo aquí, en la que Clark Gable hace subir a la Lombard por una escalera para que le preste un libro con la excusa de verle las piernas. Ni que decir tiene que fue una escena de lo más subidito de tono para la época. Un escándalo, vamos.
Ellos son indiscutiblemente una de las grandes parejas del cine, aunque solamente rodaran juntos una película... y a pesar de que la imagen de Gable quede insoldablemente unida a la de Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó (1939) o ya como galán más maduro junto a la de Ava Gardner en Mogambo (1953).
Dado que el misterio de la entrada anterior ha quedado resuelto y dado además que la autora de esta bitácora es una rendida admiradora de Ava Gardner, quedan aquí archivadas algunas fotografías promocionales de aquella joya del cine negro en la que se adaptaba una obra de Ernst Heminghway, Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946). Los encuadres de la película son excelentes y la química y belleza de estos dos grandes actores es insuperable. Y en cuanto a la foto fija... simplemente sensacional, como puede verse aquí.
Una de las películas más tristes que recuerdo haber visto en la televisión cuando era pequeña es la de Los Girasoles de Vittorio de Sica (1970). Son de esos filmes que calan el alma, como El doctor Zhivago, con secuencias que no se pueden olvidar nunca. Una de las películas sobre las consecuencias de la guerra que más me han impactado, como ocurrió cuando leí La hora 25, más o menos por esos años.
Aquellos campos llenos de girasoles que contempla el personaje que interpreta Sofia Loren desde el tren, en su largo viaje por Rusia a la búsqueda del marido desaparecido, y que simbolizan a todos aquellos que lucharon lejos de su patria y que nunca volvieron, estarán por siempre grabados en mi memoria. Girasoles que se van moviendo al encuentro de la luz del sol, en su añoranza, y que han surgido en la tierra donde quedaron para siempre los cuerpos de aquellos italianos que sucumbieron bajo el aplastante manto blanco de la nieve. Recuerdo a Giovanna mostrando la fotografía del marido a los soldados que vuelven de la guerra, recuerdo su impacto al encontrar lo que tanto tiempo iba buscando y al caer en la cuenta que ya nada podrá ser igual... y, por último, recuerdo el tristísimo final, el del adiós definitivo, que es la secuencia que más se repite en Youtube. La música de Henry Mancini es el complemento perfecto que incrementa la gran carga emotiva que tiene el comprensible desenlace.
Lo bueno de bucear en la red es poder rememorar aquellos momentos y documentarse sobre ellos. Es curioso leer que esta película fue de las primeras occidentales que la Unión Soviética permitió rodar en su territorio. No sorprende para nada que también allí tuviera tanto éxito porque el desgarro que produce una guerra en un pueblo es un tema totalmente universal.
¡Qué grande que fue Vittorio de Sica! Y qué bien que el tiempo lo haya colocado en su merecido lugar.
Recuerdo el choque eléctrico, como un "terremoto", la primera vez que vi la famosa secuencia de Gilda cantando Put the Blame on Mame:
When they had the earthquake in San Francisco
Back in nineteen-six
They said that ol' Mother Nature
Was up to her old tricks
That's the story that went around
But here's the real low-down
Put the blame on Mame, boys
Put the blame on Mame
Gilda (Charles Vidor, 1946) es una película fascinante y perversa que siempre estuvo entre mis favoritas. Una historia turbia famosa por su misoginia y que, sin embargo, fue producida y escrita por mujeres. Con una carga de profundidad y una ambigüedad que cuando era pequeña se me escapaba pero que en cierto sentido intuía.
Como Encadenados de Hitchcock, del mismo año, nos encontramos ante una historia llena de electricidad. Aquí, Gilda es una mujer no tan fatal que ha de sobrevivir a la pasión y al amor-odio que siente por el contradictorio Johnny Farrel (Glenn Ford, fantástico) y a la extraña relación que éste tiene tiene con el frío Ballin Mundson (George Macready). La víctima de dos extraños hombres que como bien dice Garci, nunca están a su altura.
Una película que es genial en todas y cada una de las secuencias, con unos diálogos de matrícula y ante un decorado que en el fondo poco importa, como es el de un casino de Buenos Aires, donde se imbrica una historia de pasiones con otra cuya simple misión es imprimar en la misma unas sutiles veladuras de cine negro y de espionaje.
Y qué decir sobre Rita Hayworth... nunca el cine alcanzó cuotas tan altas tan solo ante su espectacular belleza y sensualidad.
Si las institutrices de las novelas inglesas del siglo XIX siempre fueron mis heroínas indiscutibles de la literatura, como lo es el prototipo por excelencia, mi adorada Jane Eyre, en el caso del cine clásico del siglo XX siempre me atrajeron las periodistas. Mi actriz favorita encarnando esta profesión es la genial Barbara Stanwyck y en cuanto a personajes míticos me quedo con la Lois Lane de Superman (por cierto, cuántas veces pensé en estudiar periodismo, lo mismo esto de las bitácoras sirve para luchar contra una frustración o cumplir un sueño, según se mire).
Barbara Stanwyck, o Ruby Catherine Stevens, que era su verdadero nombre, fue una actriz profundamente trabajadora y polifacética que injustamente, como tantos otros grandes de la meca del cine, no ganó nunca un premio de la Academia. Tuvo una infancia muy difícil y desde niña prácticamente se tuvo que ganar la vida. Fue Frank Capra el que la lanzó a la fama y con este director rodó una de las películas en las que precisamente hace de periodista, Juan Nadie (Meet John Doe, 1941). Vale que su personaje no es muy honorable pero queda redimida en esa fantástica escena final en la que intenta que el personaje de Gary Cooper no se suicide.
También hizo de periodista en la película que citábamos entradas más abajo, Christmas in Connecticut (1945). Aunque una de mis favoritas es la que encarna a la Blancanieves moderna, esto es, la corista que ha de convivir con ocho sabios que compilan una enciclopedia para enseñarles su jerga mientras escapa de su novio mafioso. Se trata de Bola de Fuego (Ball of Fire, Howard Hawks, 1941) en la que de nuevo compartía papel con Gary Cooper, el indiscutible príncipe de la historia. Qué bien que está él de timido profesor despistado en contraste con la terremoto de la Stanwyck. Muy divertida la escena en la que al entrar en la biblioteca dice ella: "¡Qué montón de libros! ¿Son todos diferentes?". Y es que ellos conforman, sin duda, una de mis parejas favoritas del cine clásico.
Nunca fue guapa guapa, aunque a las guapas guapas como Ava Gardner y Lana Turner las tuvo que sufrir como amantes de su segundo marido, el adonis de Robert Taylor, con el que estuvo casada doce años. Pero y qué más daba, porque ya fuera en comedia, melodramas, haciendo de madre sacrificada, de mujer pérfida, de periodista independiente, de corista desenfadada... lo que hiciera falta, en cualquier registro, Barbara Stanwyck estaba siempre bien. A mí hasta me encantaba ya de mayor protagonizando series de televisión como Los Colby o El párajo espino, una de mis preferidas de aquellos tiempos.
Dejo aquí algunas fotografías de ella con mi adorado "Gary Cooper que estás en los cielos" así como algunos fragmentos en los que ambos comparten escenas míticas de la historia del cine.
Una de las mejores cosas de la comida del trabajo es que al final un compañero, al que le gusta organizar estas cosas, siempre prepara libros para todos. Este año ha traído la colección de Movie Icons de la Taschen. Él decía una frase característica del actor y el que lo adivinaba se quedaba con el libro. Aquí una pidió sin cortarse el de Ava... pero no había. Tampoco me sorprendió porque lo típico son las Audrey Hepburns y las Marilyns Monroes. Así que tras una espera en que sopesaba en decir la respuesta correcta porque el actor o la actriz "sí pero que no" salió "el hombre más elegante del mundo". Así que chillé como posesa porque lo quería para mí.
Creo que no hay película de Cary Grant que no me guste. Por supuesto, todas las dirigidas por Alfred Hitchcock son mis favoritas. Y de todas sus parejas cinematográficas me quedo con Katherine Hepburn y con las divertidas Bringin up baby(1938) e Historias de Filadelfia (1940). Le sigue casi en empate Ingrid Bergman porque al fin y al cabo una de mis películas preferidas de todos los tiempos es Encadenados (1946).
El libro de la Taschen tiene un perfil biográfico escrito por F.X. Feeney, con el subtítulo "un hombre encantador", aunque todavía suena mejor en italiano "il fascino personificato". Sin embargo todo este encanto fue siempre un papel más, aunque, claro está, el papel de su vida. Decía él aludiendo a sí mismo: "He pasado la mayor parte de mi vida fluctuando entre Archie Leach y Cary Grant, desconfiando y sospechando de cada uno de ellos". Su biografía tiene mucho halo de misterio y como señala Feeney, tras Charlie Chaplin es el único actor que realmente se ha inventado a sí mismo: "Ambos escaparon de la pobreza gracias a su formación circense. Perfectos caballeros, confiados, románticos y divertidos, aunque el más joven tuvo mejor sastre". Para él la película que mejor representa el misterio que rodeaba al actor es Con la muerte en los talones (1959).
De vida sentimental ajetreada y con interrogantes cuentan que al retirarse se dedicó a ser él mismo. En relación a esto decía: "a menudo los críticos me han acusado de ser yo mismo en la pantalla. Pero ser uno mismo es más difícil de lo que se cree". O aquello de: "¿Que todo el mundo quiere ser Cary Grant? Incluso yo quiero ser Cary Grant".
Con él he pasado momentos inolvidables de cine. Por lo que si sobre la belleza de Ava dijimos "no hay otra igual", con Cary Grant, sin duda alguna, todo él, también vale la misma frase. Qué pena no haberlos visto en una película juntos, por cierto. Aunque si lo pensamos bien no sé hasta qué punto hubiera habido química porque a él le iban mujeres de belleza clásica y exquisita elegancia como la misma Audrey Hepburn.
Dejo aquí un fragmento en versión original de uno de los momentos en los que Cary Grant y Katherine Hepburn cantan aquello de "Todo te lo puedo dar menos el amor, baby".